sábado, 10 de abril de 2010

MIGUEL ÁNGEL LÓPEZ Y HUGO JAMIOY: POÉTICAS DE LO IMPOSIBLE




Este artículo fue publicado en: Torres, Oscar [Ed]. Cuadernos de Literatura. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana. N°27. Enero-Junio. 2010.

Resumen
A partir de la expresión Crónicas de lo imposible empleada por Frank Salomon en 1980 a propósito de las tensiones culturales en tres historiadores indígenas peruanos de finales del siglo XVI, el presente artículo propone una variación del término (Poéticas de lo imposible), con el cual quiere abordar en este caso la obra de dos poetas indígenas contemporáneos de Colombia: Hugo Jamioy (Camëntsá) y Miguel Ángel López (Wayuu).
Palabras clave: heterogeneidad, oralitura, interculturalidad.

Abstract
According to the expression Chronicles of the Impossible, used by Frank Salomon in 1980 to describe the cultural tensions between three Peruvian Indigenous Historians at the end of XVI century, the present article proposes a variation of this expression (Poetics of the Impossible) and strives to read the poetry of two contemporary indigenous writers of Colombia: Hugo Jamioy (Camëntsá) y Miguel Ángel López (Wayuu).
Key words: heterogeneity, oraliture, intercultural.

LA TRAVESÍA

La lectura es otra manera de viajar sin moverse, sólo que,
a diferencia de los frágiles mundos recorridos durante el viaje
mental, al leer nos enfrentamos a una realidad que no es hija
de nuestra fantasía y que debemos penetrar y explorar (...) Cada
lectura, como ocurre en los viajes reales, nos revela un país que
es el mismo para todos los viajeros y que, sin embargo, es
distinto para cada uno. (Paz,1994,15)



Los pueblos indígenas no se pueden concebir sin su territorio; sus palabras y, por ende, lo que hoy llamamos “su poesía”, son un reflejo de sus días, de sus montañas, de sus ríos, de sus plantas… Acercarnos a estas letras es, al mismo tiempo, recorrer “otras” geografías; leer es por naturaleza travesía. Este trabajo es simplemente una ruta posible para construir un “texto” (a la manera de Barthes, 1994) a partir de dos poetas indígenas colombianos: Hugo Jamioy y Miguel Ángel López. Pero esta travesía está cifrada en la lengua, tanto en las palabras con las que están escritos los libros como en las palabras con las que una y otra cultura (indígena/no indígena) nombran su mundo.

Para empezar, escuchemos con atención las aclaraciones con las que los propios poetas introducen sus obras. Hugo Jamioy dice en Danzantes del viento / Bínÿbe oboyejuayëng (2005) que el hombre extranjero (squená) ha designado a su pueblo durante siglos como coches, sibundoyes, camsás, Kamsá, entre muchos otros nombres; y sin embargo estas palabras no han dado cuenta con exactitud del nombre primordial de su pueblo. Jamioy toma la voz para explicarnos la complejidad del nombre con el que su cultura se autodenomina: “Camuentsa Cabëng Camëntsá Biya, de aquí mismo, de nosotros mismos y que así mismo habla, es decir, Hombres de aquí con Pensamiento y Lengua Propia”(20). Así mismo, lo que nosotros llamamos “Valle de Sibundoy” es para los Camëntsá Bëngbe Uáman Tabanóc, lo que significa Nuestro Sagrado Lugar de Origen:

“…es el lugar que durante miles de años ha sido el hogar para el Pueblo Camëntsá; pero para el squená (extraño o blanco) ese lugar sólo empezó a existir cuando éstos invadieron el territorio de nuestros abuelos, según la primera entrada a Nuestro Sagrado Lugar de Origen (Sibundoy) de Juan de Ampudia y Pedro de Añasco en 1535”(20).


Por su parte, Miguel Ángel López en Encuentros en los senderos de Abya-Yala (2004) introduce al lector en su recorrido intercultural, descolonizando a su manera la lengua: “Habla aquí, el reconocimiento del rostro, desde el mundo-origen de Abya-Yala (América) hacia las latitudes del otro”(9). López firma esta primera página: “El autor. Riohacha (Süchimma), La Guajira”, dejando claro con ello que si el lector quiere mirar el rostro completo del Abya-Yala debe recordar los topónimos olvidados, la geografía primera.

Cada una de las introducciones de los libros a trabajar reivindica los territorios de procedencia y denuncia episodios semejantes en los que “descubrir” ha sido confundido con “re-nombrar” en la lengua del imperio culturas y territorios (Huanahaní, Cajamarca, Tenochtitlán, Bacatá, etc.) habitados durante miles de años por culturas con otras formas de concebir y de nombrar el mundo. El esfuerzo, finalmente, para “penetrar y explorar” estos territorios desde la lectura –como nos decía Paz- exige desde el comienzo el esfuerzo por reconocer al otro, desde su lengua y su propia visión de la existencia. Así, pues, la presente travesía se divide en tres partes: las primeras dos paradas son aproximaciones generales a la obra de Hugo Jamioy y Miguel Ángel López respectivamente; la tercera parada es teórica y, por tanto, se detiene en el planteamiento del problema que motivó el artículo: las poéticas de lo imposible. En este recorrido, nos acompañarán las voces de otros investigadores, principalmente de México y Chile, países en los que el estudio riguroso y las iniciativas editoriales han permitido importantes antologías como: Antigua y Nueva Palabra (2005) de Miguel León-Portilla; Palabras de los seres verdaderos. Antología de escritores actuales en lenguas indígenas de México (2005) de Carlos Montemayor; la revista Pentukún número 10 y 11 de La universidad de La Frontera en Chile (2000) y la Antología de la poesía mapuche contemporánea Kallfv mapu / Tierra azul (2008) realizada por Néstor Barron; entre otras. Por Colombia, dos títulos han facilitado este trabajo: Woumain, poesía indígena y gitana contemporánea de Colombia (2000) y Etnoliteratura Wayuu (1998).

Coherente con la travesía, el presente texto es sobretodo un juego con las categorías críticas y una enumeración de los cuestionamientos que persiguen al crítico como lector de esta poesía. Del corpus a trabajar sólo un libro es bilingüe: Danzantes del viento / Bínÿbe oboyejuayëng (2005) de Hugo Jamioy. Aunque, se va a hacer referencia a algunas palabras en lenguas nativas, es claro que la lectura ha sido parcial (sólo en castellano) y, por tanto, queda pendiente el estudio de la versión en camëntsá. La pregunta continúa intacta: ¿cuáles podrían ser las especificidades de una poética camëntsá, wayuu, etc.?


I. HUGO JAMIOY: entre los aviones y los espiritëng


Los ojos nunca se cansan de mirar
y cuando se vuelven tierra
o cuando los volvemos cenizas
siguen mirando
desde el alto cielo azul...
(“Espíritus”, Jamioy, 51)


Heredero de las tradiciones del Valle de Sibundoy así como de la sabiduría de los taitas, Danzantes del viento / Bínÿbe oboyejuayëng (2005) propone un contrapunteo entre la tradición y la subjetividad. Preocupado por la trascendencia, por los ecos de ésta en la naturaleza y por el torrente inevitable del tiempo que lo arrastra, Jamioy no duda también en explorar el desamor, la soledad y la sensualidad. Sin decidirse por ninguno de los dos caminos, sabe que la lengua no es sólo el código que posibilita la comunicación, sino, sobretodo, es el “lugar” en donde se anida el “ser” de la cultura . En el poema “Somos danzantes del viento”, que le da título al libro, leemos:

La poesía
es el viento que habla
al paso de las huellas antiguas(…)
la poesía
es el fermento de la savia para cada época,
los mensajeros llegan, se embriagan y se van
danzando con el viento (65).


Sabemos que Jamioy se reconoce dentro de la Oralitura , pues su poesía recorre todo el tiempo las palabras de su pueblo: él cuenta lo que le están contando y lo que le han contado, como dice Elicura Chihuailaf (2006). Aquí, los poetas son mensajeros que se embriagan con las palabras de los mayores y son intérpretes de las huellas más antiguas de su comunidad. Y sin embargo otros tonos asedian la tradición, como en “La historia de mi pueblo”:

La historia de mi pueblo
tiene los pasos limpios de mi abuelo,
va a su propio ritmo;
esta otra historia
va a la carrera
con zapatos prestados,
anda escribiendo con sus pies
sin su cabeza al lado,
y en ese torrente sin rumbo
me están llevando;
solo quisiera verme
una vez más en tus ojos, abuelo;
abrazar con mis ojos tu rostro,
leer las líneas
que dejó a su paso el tiempo,
escribir con mis pies
solo un punto aparte
en este relato de la vida (117).


Si bien Jamioy reconoce su pasado en la claridad de los pasos de su abuelo, también precisa la dispersión en la “otra historia”, la de los squenás, la de “ese otro” que, inevitablemente, se transforma en su poesía y comienza a ser la orilla imperturbable del lector no indígena. Ahora la mirada es desde el que habitualmente era “el otro”: la historia del squená va a la carrera, no sabe caminar con la cabeza, no sabe escribir con los pies. En “Los pies en la cabeza” insiste sobre esta circunstancia en la que nuevamente toma sentido la definición de oralitura:

Siempre es bueno
tener los pies en la cabeza,
dice mi taita,
para que tus pasos nunca sean ciegos. (129)


Entre “la historia del pueblo” y “esa otra historia”, la poesía indígena contemporánea se mueve por senderos aparentemente disímiles y, al discurrir en esta frontera, consigue trazar un puente intercultural. En el caso específico de Jamioy, Danzantes del viento transita entre dos fuerzas: la unidad y el desamparo o, para usar una de sus propias imágenes, los espíritus y los aviones. Dice Jamioy en “El universo en sus ojos”:

Esos colores apretados en esa mochila
cargan con la inspiración de mi madre;
llegan a mi recuerdo ahora,
cuando desde este pájaro metálico
que camina sobre el lomo
de ovejas blancas cargadas de agua,
me regala un azul
que desvanece
mientras desciendo a la tierra
donde me esperan;
pienso entonces:
mi madre, anda llevando
el universo en sus ojos
yo, apenas estoy distinguiendo
los colores.(121)


En poemas como este, la obra de Jamioy se aparta de los cantos tradicionales, de los rezos, de las reiteraciones populares y le apuesta no sólo a las palabras de los mayores y a la medicina tradicional, sino, también, a los cuestionamientos y a las búsquedas personales, así como a los juegos propios de la poesía conversacional, mediante los cuales involucra al lector no indígena, a un mismo tiempo confidente y extranjero. Pero no por mucho tiempo, porque enseguida el sujeto poético regresa al diálogo con la fauna y la flora de Sibundoy, vuelve sobre las palabras que han sido y se incluye en un “nosotros” que escucha junto a un lector desorientado, ahora escenario, público, hijo... Así lo viví, así me lo contaron, así lo pronunció el taita, así debe ser recordado por los danzantes del viento:

Hijo, me decía el abuelo,
en esta vida nada es malo
todo lo que miras en lo natural te ayuda a vivir;
cuando el sur o el norte,
el este o el oeste soplan,
el danzante del viento abre sus manos
y sobre sus brazos posa el colibrí
dejándose llevar por el vaivén;
más tarde, los cántaros del cielo
riegan el cuerpo del betiye,
mojan el plumaje del mensajero,
calman la sed del viento
y juntos hacen danza y canción. (“Todo es bueno”, 67)


A través de la poesía, el taita regresa y vuelve a pronunciar frente a nosotros sus hondas palabras. Como una “ilusión poética”, desaparece el sujeto poético y re-aparece la voz ausente (el taita). Aquí el lector es hijo y parece escuchar ahí, junto a la chagra, junto al fogón: paráfrasis común a la poesía indígena contemporánea, dulce intromisión del recuerdo (oralidad) en la escritura (el poema), procedimiento que conecta a la oralitura con la poesía conversacional. Poeta y lector se igualan en el poema más allá de las distinciones culturales.

Junto a la paráfrasis, otro rasgo construye esta poesía: el “tono narrativo” a partir del cual se recrean momentos decisivos en la formación del poeta junto a los mayores de la comunidad, siempre crípticos en sus respuestas, siempre al tanto de las intenciones, siempre silentes:

Esas plumas que lleva el Taita en su corona
me hicieron pensar en la muerte de un guacamayo;
el Taita que caminaba distante de mí
se acercó y me dijo:
yo no lo maté
lo recogí en el salado de los loros
fue mi ofrenda
para adquirir el poder de adivinar el pensamiento;
luego se marchó. (“No dije nada, sólo pensé”, 97)


En estas últimas palabras, la magia queda zumbando al final de la lectura. Pero no acaba el lector de asumir el asombro, cuando los cuestionamientos del sujeto poético lo transportan de nuevo a la ciudad, al territorio de los squenás. Entonces aparece el desamor, la soledad:

Esta soledad que sigue mis pasos
tiene ojo de águila
siempre me encuentra.(103)


Y la búsqueda angustiada de un sentido:

Durante años
he caminado buscándome:
cómo voy a encontrarme?
Si los lugares
donde escarbé
están fuera de mi tierra. (125)


En la frontera entre las dos culturas (Camëntsá/Occidente), Jamioy dibuja la encrucijada: reconoce la voz de los taitas como palabras necesarias tanto para los squenás como para su pueblo, al mismo tiempo que traduce sus nostalgias y evidencia ese torrente que lo arrastra lejos de su tierra, hacia esa otra historia que va a la carrera con los zapatos prestados (88).

II. MIGUEL ÁNGEL LÓPEZ : desde los Andes hasta las Rocosas

Yo nací en una tierra luminosa.
Yo vivo entre luces aun en las noches.
Yo soy la luz de un sueño antepasado.
Busco en el brillo de las agua, mi sed.
Yo soy la vida, hoy.
Yo soy la calma de mi abuelo Anapure,
que murió sonriente...
(“Wayuu”, López, 2000, 51)


La literatura wayuu vertida a la letra tiene ya una larga tradición desde Los dolores de una raza (1957) de Antonio López, pasando por los Mitos, leyendas y cuentos guajiros (1972) de Ramón Paz Ipuana y los Relatos (1975) de Miguel Ángel Jusayú. La palabra, no obstante, más allá de la letra, ha sido por siglos el epicentro de la cultura. Gabriel Ferrer y Yolanda Rodríguez abren su libro Etnoliteratura Wayuu: estudios críticos y selección de textos (1998) señalando las tres figuras fundamentales de la oralidad en este territorio: el Pütchipü (palabrero o “abogado”), la Outsü (piache o “médico tradicional”) y el Jayechimajachi (cantor o “músico-poeta”).

A partir de esta aclaración entre la oralidad y los escritores indígenas contemporáneos, Ferrer y Rodríguez clasifican el corpus de la literatura wayuu contemporánea según su acercamiento o distanciamiento de las tradiciones (XV). En este orden de ideas, la obra de Miguel Ángel López (hasta ahora...) estaría más cerca de una poética individual que de los relatos o cantos de los mayores; no obstante -como veíamos con Hugo Jamioy-, entre la tradición y la invención, López tampoco se deja clasificar. Contrabandeando sueños con aríjunas cercanos (2000), por ejemplo, es un escenario poético preparado para el diálogo. Hospitalario como el wayuu en su ranchería, este libro recibe al extranjero y le describe con paciencia los modos cotidianos. Leemos en “Woumain / Nuestra tierra”:

Cuando vengas a nuestra tierra,
descansarás bajo la sombra de nuestro respeto.
Cuando vengas a nuestra tierra,
escucharás nuestra voz, también,
en los sonidos del anciano monte.
Si llegas a nuestra tierra con tu vida desnuda
seremos un poco más felices...
y buscaremos agua
para esta sed de vida, interminable. (2000, 58)


De nuevo, con este tono conversacional López posibilita el diálogo con el lector no indígena. Territorio de luz y sed, el desierto recibe al extranjero con su propia ley, y en el afán de intercambio y contrabando, por momentos el sujeto poético se confunde con la voz del etnógrafo que sólo encuentra la metáfora para aprehender su asombro. Sueños, piedras, primaveras, ancianos, luces, terminan por configurar los pilares de la cultura, y cada uno de esos prismas ilumina la tradición para quien desconoce el desierto colombiano y venezolano. Dice López en “Rhuma”:

Esta tarde estuve
en el cerro de Rhuma:
y vi pasar al anciano Ankei del clan Jusayú...
y vi pasar a la familia
de mi amigo “el caminante” Gouriyú...
y vi la sobrevivencia del lagarto...
y vi nidos ocultos de paraulata...
y vi a Pulowi vestida de espacio...
y vi a Jurachen – el palabrero-
caminar hacia nuevos conflictos...
y vi a Kashiwuana –la culebra cazadora-,
a un cabrito perdido,
al ave cardenal salir de un cardón hueco...
y vi el rojo del último sol del día...
y, ya a punto de irme, vi a un grupo de aríjuna
venidos de lejos,
felices,
como si estuvieran en un museo vivo. (2000, 56)


Desde el cerro, el poeta consigue una visión singular de su propia cultura: distante sí de la ranchería, pero no lo suficiente como para perder contacto con la tradición. Desde el cerro, logra esa visión periférica, ese lente ubicuo entre la objetividad y la ironía. Cada verso es una imagen certera con la que López dibuja una instantánea wayuu, un aguafuerte capaz de revelar el encuentro de las dos culturas: el alaula (anciano), la familia, el palabrero, la pulowi (espíritu protector de la naturaleza) y el aríjuna confundido, por supuesto.

Pero si el diálogo intercultural en Contrabandeando... es entre el aríjuna y el wayuu, en Encuentros en los senderos de Abya-Yala (2004) el diálogo es continental; allí la propuesta intercultural predomina como tarea entre las distintas culturas indígenas de América, con la presencia al margen del lector aríjuna. Aunque este segundo libro (premio Casa de las Américas 2000) está escrito en castellano y regala al final de cada uno de los senderos un breve glosario de las expresiones en lenguas nativas, Encuentros... resulta una obra hermética en tanto el sujeto poético (errante, viajero, polirresidencial ) al aproximarse a 6 lugares sagrados de diversas geografías amerindias, desborda lenguas, fronteras y nociones como identidad, estado y escritura: con Lionel Lienlaf (poeta mapuche) viaja hasta La Frontera (Chile) buscando el Kallfv (azul en mapudungún) y la sabiduría de la machi (médico tradicional); luego, siempre en contacto con su ranchería, regresa al cementerio familiar (Satuaira Pushaina) en la alta Guajira a encontrarse con los ancestros en un desierto encantado; enseguida visita la Sierra Nevada de Santa Marta y escucha las hondas palabras de los Mamos (autoridad espiritual y social de los Kogui) iluminadas por el hayo (la coca); después se dirige a la región de Canaima (Venezuela) y a la región del Vaupés (Colombia) en donde vislumbra el misterio del Yuruparí; ya terminando, visita a Ariruma Kowii (poeta kichua de la región de Imabura - Ecuador) en donde lagunas, cascadas y montes tutelares (los cerros de Imbabura y Cotacachi, la laguna de Cuicocha y la cascada de Peguche) le son revelados; finalmente, termina su recorrido atravesando el tiempo y encarnando la voz de Nezahualcoyotl y Tecayehuatzin junto al lago de México durante los diálogos de Flor y Canto en el reino de Tezcoco (siglo XV).

La propuesta de López lleva al límite el diálogo intercultural:

Confesión:
Nací en los senderos del sur de Abya-Yala: la serpiente y el jaguar me recibieron del misterio suficiente para guiarme hacia el misterio insuficiente. Ayunado entre raíces de ayahuasca y hojas de Ayapana. Destinado para la recolección de los guijarros desde los Andes hasta las Rocosas.
He vivido del agua fresca de mi tía cerca del Cotopaxi.
Mi familia se extiende aun en los verdes del Vaupés, donde me ungüentan para los sonidos del corazón y, también, en los lares del Oayapok los cuales camino entre espantos y mujeres señoritas.
Tengo una guarida en los altos de Canaima... y siempre me esperan en las esquinas breves del Cuzco o bajo la sombra de un árbol en el Gran Chaco.
Mi espíritu tiene lugar en la “Gran Casa de los Hombres” de los Bororo del Amazonas.
Una mujer negra, de lengua Tule, del Baudó me sigue amamantando.
La coca y el maíz continúan floreciendo. (“Encuentro Cuatro”, 2004, 79)


Como en “El músico de Saint-Merry” de Guillaume Apollinaire, López traspone todos los tiempos y lugares en la simultaneidad del poema. En los segundos que se emplean leyendo el texto, todos los rostros de la América indígena se superponen en un mismo rostro, en un mismo cuerpo de muchos nacimientos. Las imágenes que escoge develan una relación particular con las plantas y los animales, así como una hermandad con todas las comunidades amerindias. El proyecto de López recuerda un ejercicio semejante, ideado por el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal hacia 1969, Homenaje a los Indios Americanos, ampliado para 1992 con sus Ovnis de Oro. En las tres obras, incluida la de López, el sujeto poético asume como ciertos los imaginarios mágico-religiosos de cada una de las culturas que visita, y con el aliento poético encarna voces más allá de los siglos y las geografías. Como el chasqui (mensajero del Tawantinsuyu), la voz múltiple de López recorre el continente, se apropia de otras lenguas, cultos y saberes, y construye a través del collage la idea de lo Uno, el gran libro con el que han soñado tantos poetas en la historia de la poesía de Occidente: desde Sor Juana Inés de la Cruz y su Primero Sueño, pasando por el Golpe de Dados de Mallarmé y los Cantos de Ezra Pound, hasta la Antología de Aire de Gonzalo Rojas, entre otros.


III. EL JUEGO CON LAS CATEGORÍAS: las poéticas de lo imposible

Los lugares de encuentro
son aguas que hoy
bañan nuestros sentimientos;
mañana tus hijos
y los míos
en la Laguna Sagrada
nadarán juntos.
(“Así será”, Jamioy, 41)


En 1994, en la misma década en que los libros de Humberto Ak’abal (Maya K’iche’), Elicura Chihuailaf (Mapuche), Víctor de la Cruz (Zapoteca), Natalio Hernández (Nahuatl), Juan Gregorio Regino (Mazateco) y Briceida Cuevas (Maya peninsular) entre otros, comenzaban a dar de qué hablar en el panorama de la literatura latinoamericana, escribía Antonio Cornejo Polar a propósito de las agendas recientes de las Ciencias Sociales y los Estudios Literarios:

Fue –es- el momento de la revalorización de las literaturas étnicas y otras marginales y del afinamiento de categorías críticas que intentan dar razón de ese enredado corpus: “literatura transcultural” (Rama), “literatura otra” (Bendezú), “literatura diglósica” (Ballón), “literatura alternativa” (Lienhard), “literatura heterogénea” (que es como yo prefiero llamarla), opciones que en parte podrían subsumirse en los macro-conceptos de “cultura híbrida” (García Canclini) o de “sociedad abigarrada” (Zavaleta), y que –de otro lado- explican la discusión no sólo del “cambio de noción de literatura” (Rincón) sino del cuestionamiento radical, al menos para ciertos periodos, del concepto mismo de “literatura” (Mignolo, Adorno, Lienhard). (13)


A esta fascinante lista, aunque al mismo tiempo agotadora, hoy tendríamos que sumarle las categorías posteriores a la propuesta de Cornejo Polar, las cuales continuaron ahondando en el problema de la nominación : “etnoliteratura” (Niño,1998; Friedemann,1996,1997), “literaturas del cuarto mundo” (Brotherston,1997), “poesía etnocultural” (Iván Carrasco,2000), “oralitura” (Chihuailaf,2005), entre otras. Jugando, pues, con esta circunstancia, he querido sumarle una nueva arista a la polémica a partir de un término acotado por Frank Salomon en 1980. Como se verá, la idea no es proponer una salida ni un “término ideal”, sino un horizonte múltiple. La reflexión es, básicamente, sobre tres nociones decisivas a la hora de pensar la travesía de la lectura en la poesía indígena contemporánea: el mito, la comunicación con la naturaleza, y la propia noción de poesía. Tras estos escenarios en tensión, subyacen dos objetivos: señalar la ilusión de la crítica al suponer la inteligibilidad del corpus de la poesía indígena contemporánea, y cuestionar el pragmatismo de la misma al momento de la interpretación, clasificación, etc.

En la poesía de Jamioy, el sueño (otjenayan) trae sospechas del más allá; los espíritus (espiritëng) esconden verdades; el colibrí trae anuncios; el taita yagé (Biajiy), el bejuco del alma, la planta medicinal por excelencia de la amazonía y el putumayo, susurra pintas y secretos:

Yahé III
Con canto de loina

¡Oh Taita Yagé!
gran Taita dueño del saber
eres hombre,
eres planta, eres gente;
planta sagrada del saber
bejuco mágico
cantando vas al mundo de vidas pasadas
con canto de loina danzas
con viento de guaira vuelas
con tu espíritu vas buscando.
¡Oh Taita Yagé!
hoy hago y recojo copal
busco palo santo
hago fuego y humo a la vez
y con incienso
a ti Taita en tu viaje
te quiero acompañar. (79)


Acorde a la imagen que propone el poema, el yagé es el taita de las plantas, es persona, es abuelo. El copal, el palo santo, la madera consumiéndose, el incienso, el borrachero, son su gente, su pueblo. Desde el discurso científico, la relación de los enteógenos con el cuerpo, la salud y las comunidades amerindias ha sido investigada en diversos trabajos tanto desde la botánica como desde la antropología y la etnografía. Schultes (1994), Urbina (1992), Reichell (1988), Pinzón (1998), por sólo dar algunos ejemplos, constatan la gravedad con la que asumen estas culturas el diálogo con la chagra (huerto), con la selva y con los diversos ecosistemas de sus territorios.

En Danzantes del viento, Jamioy dialoga todo el tiempo con la naturaleza, y a través de esta comunicación devela una preocupación constante por la trascendencia. En el poema "Yahé III", la conversación es con la planta, y es a través de ella y de su gente que se accede a las verdades más hondas. Como aclara el chamán ingano Don Sebastián en el trabajo de Carlos Pinzón y Gloria Garay para el Instituto Colombiano de Cultura Hispánica, la indagación con los enteógenos y específicamente con el yagé es:

…pa’guapos. Uno ve cosas horribles y dura horas viéndolas y esas pintas se dan cada rato. El mundo tiene lo malo. Lo hacen vomitar, llorar, desesperarse y es uno sólo el que tiene que mostrar coraje, porque si no, es a uno al que le sale. El taita ayuda a calmarlo, pero eso lo debilita a uno ante él. Hay que aprender viviendo, sintiendo, hasta la misma muerte de uno. Cuando uno ha visto lo malo y sentido las pintas más linditas y puede tener toda esa calma y saber, empieza la ciencia. Esto no termina nunca… (1998,234)


La toma del yagé, entonces, es una experiencia letal, y como toda muerte (así sea momentánea) se conecta con el origen. Jamioy sabe que ninguna muerte es el fin, y por eso los ojos nunca se cansan de mirar (como escuchábamos en el epígrafe) y todo cuanto somos es para Jamioy espiritëng:

Todo cuanto nuestras manos palpan
tiene espíritu.
La vida es sólo el abismo
entre el estado natural
y el camino de vuelta
a nuestro estado.
Antes no éramos nada
y hoy miles de manos palpan
nuestro cuerpo.
Mañana el abismo
gritará mi ausencia
habré emprendido el camino
hacia el lugar donde vida
y espíritu por fin sean
para siempre un solo cuerpo.(53)


En el Noveno Encuentro Nacional de la Asociación de Estudios Latinoamericanos de los Estados Unidos en el año 1980, la cual tuvo lugar en la Universidad de Indiana, Frank Salomon participó con su ponencia “Chronicles of the Impossible: Notes on Three Peruvian Indigenous Historians”. En esa oportunidad, Salomon llamó la atención sobre la singularidad de las crónicas de Titu Cusi Yupanqui, Santa Cruz Pachacuti Yamqui y el Manuscrito del Huarochirí. Decía Salomon: …They “try to create a diachronic narrative of the conquest era which is fully intelligible to Spanish contemporaries, and, at the same time, made from and faithful to Andean materials alien to European diachrony. They left a literature of the impossible: at the point where the contradiction in terms is eliminated, and the obstacles to the enterprise disappear… ” (…ellos “tratan de crear una narrativa diacrónica de la conquista, la cual es completamente inteligible para los españoles contemporáneos, y, al mismo tiempo, es fiel a los materiales andinos que son extraños para la diacronía europea. Ellos crean una literatura de lo imposible, teniendo en cuenta que la contradicción es eliminada, que los obstáculos de dicha empresa desaparecen…”)(9).

Creo que gran parte de la poesía indígena contemporánea tiene hoy la misma particularidad, pues –como hemos visto hasta el momento- al ser el entramado de los mitos el que ilumina las imágenes poéticas, estos textos se erigen como literaturas de lo imposible. ¿Cómo puede el lector no indígena (o el lector indígena que no pertenece a la misma cultura del autor) asumir el reto de la interpretación cuando el poeta está construyendo su poesía desde sus propias nociones de verdad? ¿Cuáles son las fronteras entre lo inteligible y lo ininteligible en esta poesía? ¿Se justifican estas preguntas...?

Sabemos que en el mito están cifrados los modelos y la normatividad de la comunidad y que, por tanto, es el fundamento de la cultura (Duch,58), el lente que posibilita el sentido de la existencia. Nociones como yagé, taita, espiritëng hacen parte del horizonte mítico camëntsá y por esa razón son categorías en tensión: inteligibles a través de la poesía para el squená (extranjero) y, aun mismo tiempo, ininteligibles para el mismo squená en tanto nociones sagradas para el Valle de Sibundoy .

En la obra de Miguel Ángel López, el mundo pulasü es también un universo en tensión. Yolanda Rodríguez dice a propósito de esta categoría en la obra Miguel Ángel Jusayú: “una clase de cara oculta y poderosa, complementaria y esencial para el mundo de aquí, que nunca equivale a lo imaginario, por cuanto su rango real es incuestionable”(27). El mundo pulasü es el mundo de los seres protectores de la naturaleza (Akala’kui, Pulowi, Yoluja, Wanülü, etc.). López escribe en “Jierru-Shoti / Mujer-Lechuza”:

Anoche, mientras dormía,
el aire caliente de un wanülü
me despertó:
Entonces vi a la mujer lechuza
del cerro de Murerhu
observando nuestros sueños.
-Anda en busca de amoríos- (2000,55)


Como Wanülü (la enfermedad), la presencia de Pulowi inquieta al extranjero:

La antropóloga de cabello de maíz,
me ha pedido que le muestre una forma de Pulowi .
Por fuerza interna la llevé
hacia Palaa... nocturna.
No sé si comprendió
que Pulowi
estaba
En nuestro oculto temor de verla.
(“Aríjuna / Persona no Wayuu”,2000,51)


Las poéticas de lo imposible encuentran el puente entre las dos culturas: nociones como Pulowi, Yoluja, lapü (sueño), wanülü son inteligibles para los aríjunas a través del poema y, al mismo tiempo –parafraseando a Salomon- son ininteligibles para los mismos aríjunas en tanto realidad vívida para la cultura wayuu; son, en últimas, seres que sobrepasan la lógica y la diacronía del mundo occidental. Las preguntas minan la ansiedad del crítico: ¿qué quería ver la antropóloga? ¿Qué entendió el aríjuna? ¿Qué quiso decir el poeta? ¿Es posible el diálogo en estas circunstancias...?

En este orden de ideas, la comunicación con la naturaleza es otra de las grandes tensiones en las poéticas de lo imposible: mientras el lector no indígena, acostumbrado a fábulas y figuras retóricas como la prosopopeya, con las que deja por sentado que no es posible que la naturaleza se comunique con el hombre a menos que éste juegue a darle vida a través de la ficción, el universo amerindio abre el espacio para la posibilidad opuesta. Allí, en la naturaleza mora el misterio, descansan las respuestas, los hombres que han sido, los hombres que serán. En “Anuncios” de Danzantes del Viento, Jamioy escucha los mensajes del colibrí, sentado en el patio de su casa como quien sabe “leer” esas visitas, como quien reconoce presagios:

…danzando tus alas
alguien de mi casa
volará el viaje sin retorno;
suspendido tu cuerpo
los pasos de un caminante
brindarán su estancia… (73)


Si la naturaleza es un libro, el vuelo suspendido de las aves es signo; y el viento, murmullo de los soñadores antiguos, fuerza que sacude y embriaga al poeta, danzante en este huracán de tiempo. Para Jamioy, el poeta es un traductor de estas voces que se cuelan por el viento:

Estos susurros que trae el viento
vienen del lugar donde mi padre
sembró su voz… (123)


Dice Carlos Montemayor en Palabras de los Seres Verdaderos. Antología de escritores actuales en lenguas indígenas de México: “He dicho en otras ocasiones que los pueblos indígenas de México aun conservan un conocimiento milenario que los antiguos griegos y romanos también comprendían: que el mundo no es algo inerte o inanimado, sino un ser vivo. Por ello su relación con la tierra, con las montañas, con los ríos, es distinta”(15). Osvaldo Bayer, por su parte, plantea en el prólogo de la Antología de la poesía mapuche contemporánea Kallfv Mapu / Tierra Azul (2008): “[Ellos] nos muestran un mundo distinto al nuestro. Con ellos viven las piedras, los colores, los arroyos; nos hablan los árboles, los ojos de la naturaleza viva en la noche; nos traducen los cantos de los pájaros que son distintos hora tras hora, y también las palabras del viento al pasar por la tierra azul”(11). Y a pesar de estas luchas entre diversas visiones de la naturaleza, lo interesante es que esta poesía construye un escenario textual inteligible para cada una de las culturas que se miran en él.

Finalmente, además del mito y la naturaleza, una última noción desestabiliza la comunicación en el momento de la lectura de esta poesía: la definición misma de “poesía”. Miguel Ángel López tiene su propio punto de vista:

Tarash, el jayechimajachi de Wanulumana, ha
llegado
para cantar a los que lo conocen...
su lengua nos festeja nuestra propia historia,
su lengua sostiene nuestra manera de ser la vida.
Yo, en cambio, escribo nuestras voces
para aquellos que no nos conocen,
para visitantes que bucan nuestro respeto...
Contrabandeo sueños con aríjunas cercanos. (“...Culturas”,2000,48)


¿Qué entiende cada uno de los poetas indígenas contemporáneos por poesía? ¿Se siente cómodo el poeta indígena asumiendo la noción occidental de poesía? ¿Qué busca el lector no indígena en este corpus diverso? ¿Encuentra acas la misma noción de poesía que en los poetas de Occidente? Aunque es evidente el proyecto voluntario que impulsa cada una de estas poéticas, al estudiar a fondo cada una de las culturas de las que proceden, siempre se encuentran otras formas de nombrar o de transgredir los géneros tradicionales de la literatura. Hugo Carrasco, por ejemplo, señala sobre las problemáticas y proyecciones de la poesía mapuche: “Entre los aspectos que todavía requieren estudio y diálogo, se encuentra uno muy central como es el de la propia noción de ‘poesía mapuche’”(18).

Donald Frischman, por su parte, en el texto “Espíritu-materia-Palabra”, recuerda: “...“El verdadero poeta es el chjinie, el curandero”, explica el poeta mazateco Juan Gregorio Regino, mientras Víctor Terán, zapoteca del Istmo, declara: “En juchitán, todo el mundo nace poeta, hasta demostrar lo contrario”. Estos dos conceptos de la naturaleza del ‘poeta’, marcan los límites auto-referenciales que definen la expresión contemporánea en verso por escritores indígenas mexicanos”(31). Otra versión es la del poeta y narrador Jorge Miguel Cocom Pech, quien en “Estética y poética en la literatura Indígena Contemporánea” (2008), reflexiona:

Particularmente, y puede que me equivoque, creo en el estudio de la teoría literaria y otras disciplinas relacionadas con la producción de textos literarios, porque ésta nos permite reencontrar en lo nuestro, la potencialidad y la exuberancia de sus recursos expresivos, léxicos y semánticos que sí existen en nuestras lenguas nativas, pero que hay que hacer un esfuerzo de localizarlas y trabajar con ellas en los momentos de la creación. De ahí que, no pienso que no debamos descartar el estudio de las poéticas ajenas a la producción de nuestra poesía en lenguas indígenas. Por eso, creo que saber cómo se escribe un poema con recursos estéticos, proveniente del mundo occidental, no estorba, sino que enriquece la propuesta literaria indígena contemporánea, originada ésta desde la simiente de la tradición oral, así como de contados textos que se salvaguardaron durante cinco siglos, a pesar de la imposición de la lengua y cultura europea .(Documento disponible en línea en el blog de Estercilia Simanca Pushaina: Manifiesta no saber firmar)


Todas estas tensiones sobre la noción de poesía evidencian los acuerdos y desacuerdos al intentar agrupar o clasificar este corpus, pues cada poeta está escribiendo desde coordenadas distintas. Por lo demás, la travesía nos ha llevado al lugar en donde comenzamos: la lengua. La tensión entre lo inteligible y lo ininteligible así como la ausencia de sentido o la presencia de todos lo sentidos, terminan por liberar al lector, por desnudar al crítico y por potencializar al autor en el código que él mismo ha tejido.

Entre la oralidad y la escritura, el tejido y la poesía, el pueblo y la ciudad, el yagé y la vigilia, el sueño y el mundo pulasü, el cuerpo y los espiritëng, la historia de aquí y la historia de allá, los camëntsá y los squená, los wayuu y los aríjuna; entre la poesía indígena contemporánea y sus lectores, el sujeto heterogéneo que imaginó Antonio Cornejo Polar sigue esperando en la encrucijada de estas poéticas de lo imposible: “Estoy tratando, por cierto, de diseñar la índole abigarrada de un sujeto que precisamente por serlo de este modo resulta excepcionalmente cambiante y fluido, pero también – o mejor al mismo tiempo – el carácter de una realidad hecha de fisuras y superposiciones, que acumula varios tiempos en un tiempo y que no se deja decir más que asumiendo el riesgo de la fragmentación del discurso que la representa y a la vez la constituye”(20).

Obras citadas:


Producciones indígenas

• Barrón, Néstor y Bayer, Osvaldo. Antología de la poesía Mapuche contemporánea. Kallfv / Tierra azul. Buenos Aires: Ediciones Continente. 2008.
• Jamioy, Hugo. Danzantes del Viento / Bínÿbe oboyejuayëng. Manizales: Editorial Universidad de Caldas. 2005.
• Jusayú, Miguel Ángel. Relatos Guajiros. Caracas: Universidad Católica Andrés Bello. 1975.
• León-Portilla, Miguel. Antigua y Nueva Palabra. México: Aguilar. 2005.
• López, Antonio J. Los dolores de una raza. Caracas. 1957.
• López, Miguel Ángel. “Contrabandeando sueños con aríjunas cercanos” en Woumain. Poesía Indígena y Gitana Contemporánea de Colombia. Bogotá: MJ Editores. 2000.
• .................................... Encuentros en los senderos de Abya- Yala. Quito: Ediciones Abya-Yala. 2004.
• Paz Ipuana, Ramón. Mitos, leyendas y cuentos guajiros. Caracas. 1972.
• Urbina, Fernando. Dïïjoma, el hombre serpiente águila. Mito uitoto de la Amazonía. Bogotá: Convenio Andrés Bello, 2004.

Estudios sobre producciones indígenas

• Brotherston, Gordon. La América indígena en su literatura. México: Fondo de Cultura Económica, 1997.
• Carrasco, Ivan. “Poetas mapuche contemporáneos” en Pentukun 10-11. Temuco-Chile: Universidad de La Frontera. 2000. p.27-44.
• Carrasco, Hugo. “Presentación” e “Introducción a la poesía mapuche” en Pentukun 10-11. Temuco-Chile: Universidad de La Frontera. 2000. p. 9-24.
• Chihuailaf, Elicura. Los mapuche continuamos con nuestros sueños [en línea], disponible en http://www.jornada.unam.mx/2005/08/24/a07a1cul.php. 2005.
• Cocom Pech, Jorge. México: desde sus voces antiguas. Seminario sobre literatura indígena contemporánea realizado entre el 5 y 7 de junio de 2006 en el Convenio Andrés Bello de Bogotá.
• ............................. “Estética y poética en la literatura indígena contemporánea”. Documento disponible en línea: http://manifiestanosaberfirmar.blogspot.com/ Actualizado 2008.
• Ferrer, Gabriel y Rodríguez, Yolanda. Etnoliteratura Wayuu: estudios críticos y selección de textos. Bogotá: Fondo de Publicaciones de la Universidad del Atlántico. 1998.
• Friedemann, Nina. “De la tradición oral a la etnoliteratura” en Vanguardia Liberal. No.1324. (Octubre 27 de 1996). pp. 8-12.
• ………………….. y Niño, Hugo. Etnopoesía del agua. Bogotá: Universidad Javeriana. 1997.
• Frischman, Donald. “Espíritu-Masteria-Palabra: Poesía Indígena Contemporánea de México” en Palabras de los Seres Verdaderos. Antología de escritores actuales en lenguas indígenas de México. Texas: Universidad de Texas. 2005.
• Martínez, José Luis. Nezahualcóyotl, vida y obra. México: Fondo de Cultura Económica, 1996.
• Mercado Epieyú, Rafael. “Ser Wayuu y la escuela tradicional de occidente” en Rocha, Miguel. Interacciones Multiculturales. Los estudiantes indígenas en la universidad. Bogotá: Universidad Externado de Colombia. 2009.
• Montemayor, Carlos. “La poesía en lenguas indígenas de México” en Palabras de los Seres Verdaderos. Antología de escritores actuales en lenguas indígenas de México. Texas: Universidad de Texas. 2005.
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Obras de referencia

• Barthes, Roland. El susurro del lenguaje. Más allá de la palabra y la escritura. Barcelona: Paidós. 1994.
• Cornejo Polar, Antonio. Escribir en el aire, ensayo sobre la heterogeneidad socio-cultural en las literaturas andinas. Lima: Editorial Horizonte. 1994.
• Davidson, Donald. Mente, mundo y acción: claves para una interpretación. Barcelona: Paidós. 1992.
• Duch, Lluis. Mito, interpretación y cultura. Barcelona: Herder.1998.
• Paz, Octavio. Excursiones / Incursiones. México: Fondo de Cultura Económica. 1994. Obras Completas. Tomo II.
• Pinzón, Carlos E. y Garay Gloria. “Inga y Kamsa” en Correa Rubio, Francois [Coord.] Geografía Humana de Colombia. Región Andina Central. Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura Hispánica. 1998.
• Reichel-Dolmatoff, Gerardo. Orfebrería y Chamanismo. Medellín: Editorial Colina. 1988.
• Schultes, Richard E. y Raffauf, Robert F. El bejuco del alma. Los médicos tradicionales de la Amazonía colombiana, sus plantas y sus rituales. Bogotá: Banco de la República. 1994.
• Vásquez, Socorro y Correa, Hernán. “Los wayuu, entre Juyá (“el que llueve”), Mma (“la tierra”) y el desarrollo urbano regional” en Uribe Tobón, Carlos Alberto [Coord.]. Geografía Humana de Colombia. Nordeste Indígena. Tomo II. Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura Hispánica. 1992.
• Urbina, Fernando. Las hojas del poder. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 1992.

viernes, 9 de abril de 2010

EL SUEÑO (NÏKAÏ) EN EL MITO DE CREACIÓN UITOTO



Este artículo fue publicado en: Acosta, Carmen, Alzate, Carolina, Figueroa, Cristo, y otros [Ed.]. Literatura, prácticas críticas y transformación cultural. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana. 2009. Volúmen 2.

Abstract

En el presente trabajo queremos concentrarnos en dos versiones del mito de creación uitoto. El primero fue recogido en 1913 con otros mitos, cantos y tradiciones, por Konrad Theodor Preuss entre los uitotos de Orteguaza y publicado diez años después en Alemania. Sin embargo, sólo hasta 1994 los dos tomos de Religión y mitología de los uitotos son revisados y traducidos del alemán y el nika (variedad dialectal del “uitoto”) por Ricardo Castañeda Nieto, Gabriela Petersen de Piñeros y Eudocio Becerra Biguidima como proyecto de investigación de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de Colombia. El segundo mito, Kaii moo binie komuitajagaϊ jiyaki, es recogido y traducido por el mismo Eudocio Becerra en el año 2003, con la colaboración de Ariel José James, a partir de las narraciones de los abuelos Jacinto y Pablo Biguidima en la población de San José del Encanto (Amazonas). Aunque distantes casi un siglo, ambos mitos giran en torno al sueño (nϊkaϊ) del padre Creador. De ahí que queremos evidenciar la hondura de esta categoría vital en la comunidad de los uitoto, tratando de demostrar su capacidad para incidir en las historias fuertes o mitos (rafue) y en la vida cotidiana de esta sociedad amerindia.

ACLARACIONES METODOLÓGICAS


Antes de comenzar, queremos hacer algunas aclaraciones. Leyendo y releyendo documentos ya clásicos en el estudio de las literaturas indígenas amazónicas, somos conscientes que la teoría literaria carece de una metodología clara para estudiar estos saberes, por lo tanto investigar la mitología de las sociedades amerindias es una invitación a dialogar con otras disciplinas, fundamentales para acercarse al mito, ese horizonte que trasciende el estudio académico y que toca los distintos nudos del gran tejido de la cultura. Es por eso que categorías como nϊkaϊ (sueño) o ϊϊgaϊ (mito-narración) o cualquiera de los otros “conceptos” a los que vamos a referirnos aquí, desbordan las nominaciones intelectuales y cobran sentido en toda su dimensión cuando entendemos que son categorías vitales.

No obstante, estas páginas surgen desde la biblioteca y no propiamente desde el trabajo de campo. Y el acercamiento a los mitos aquí tratados es una aproximación desde el libro y desde la traducción, y no desde la lengua nativa. A pesar de ello, conscientes de la barrera que implica no manejar la lengua uitoto, en el transcurso del trabajo vamos a tratar de dilucidar los posibles significados de algunas palabras claves que se repiten en la estructura de los mitos uitotos mencionados, con la ayuda de algunos etnógrafos y antropólogos que han logrado compenetrarse con esta comunidad, y con la guía de algunos indígenas que desde hace ya varios años se han tomado la tarea de compartir su tradición.

Ahora bien, el concepto que nos interesa, el sueño, es un espacio infinito para precisar, no sólo en las comunidades amazónicas o amerindias, sino en la propia sociedad occidental. La imposibilidad del estudio objetivo de los sueños es un problema y una riqueza al mismo tiempo que el psicoanálisis ha reconocido como ciencia (Jung,1964,54). Es verdad que los románticos ya lo habían sospechado, y por eso la noche y sus fantasmas fueron temas recurrentes en la literatura decimonónica. Pero su estudio nunca se agotó desde la poesía ni tampoco se solucionó lanzando hipótesis sobre temas impersonales, pues el análisis de los sueños siempre ha involucrado, inevitablemente, la subjetividad. Por eso creemos que la tensión entre el soñante y el que escucha o investiga el sueño, funda un lenguaje que repercute en ambos, y a lo largo de estas páginas nosotros vamos a funcionar dentro de esta dispersión.

Por todo lo anterior, en una primera instancia queremos acercarnos a los alcances del sueño en la nación uitoto, haciendo referencias a algunas teorías antropológicas y psicológicas. Enseguida vamos a analizar cómo funciona el nϊkaϊ en dos versiones del mito de creación uitoto que, a pesar de haber sido recogidas en épocas distantes, giran en torno a la ensoñación del Padre Creador. Finalmente, vamos a sostener la tesis de que el sueño entre los uitoto alimenta y renueva la creación mito-poética.

Para ello vamos a seguir los cuatro puntos que propone Michel Perrin (1990,16) para entender las maneras de pensar la experiencia del sueño en las sociedades tradicionales. Rutas de lectura que fueron tomadas en cuenta en julio de 1988 en el simposio “Formas y usos de los sueños en las sociedades amerindias”, en ocasión del Congreso de Americanistas realizado ese año en Ámsterdam. Los cuatro puntos de análisis son: la teoría del sueño y sus relaciones con las concepciones del mundo; las diferentes formas del sueño y sus relaciones con la mitología; prácticas y usos sociales que se asocian al sueño; y la función del sueño como estimulante de las propiedades creadoras del pensamiento mítico.

Por lo demás, queremos reconocer el profundo respeto que le merecemos a estas hondas tradiciones, tranquilos por la autorización de los abuelos para dialogar sobre estos relatos numinosos. Acercarnos al pensamiento indígena es también recobrar una introspección que el hombre contemporáneo ha ido olvidando; es dejar de disociar; es aprender a aunar, a tejer relaciones. Así lo confirma James en el prólogo de El Komuitajagaϊ jiyaki, uno de los textos a trabajar: “Los chamanes portadores de la herencia de Juziñamui creen que ya es hora de dar a conocer este poderoso mito (…) Si podemos comprender tan sólo uno de los mensajes de esta obra tal vez habremos cumplido con la tradición”(2003,11).

MITOS, SUEÑO Y VIGILIA


El sueño es la mitad de la vida del hombre y, no obstante, para la cultura de occidente es una noche muda que sugiere símbolos. En todas las épocas, en todos los territorios que comprenden nuestras geografías, el hombre se ha preguntado por sus sueños. Dice Michel Perrin en Antropología y experiencias del sueño: “Cada sociedad, sin duda, imaginó la existencia de relaciones entre el sueño y el estado de vigilia. De ahí viene la noción de “alma”, noción universal cuando, en su sentido más amplio, designa a una entidad que puede separarse del cuerpo (…) Por extensión, algunas sociedades, y acaso todas, asocian entre sí la noción del alma y las experiencias del sueño, de la enfermedad y de la muerte”(1990,7). Otros mundos, otros seres; voces o imágenes cifradas; futuros posibles o correspondencias; miedos, dudas, deseos: en todas las culturas el sueño ha sugerido estadios metafísicos.

El psicoanálisis y la psicología, por consiguiente, son una forma más de acercarse a este territorio. Jung, por ejemplo, se refirió a estas mismas inquietudes, pero con las palabras de su ciencia y de sus métodos. El caos primordial o la nada primigenia que respira en el comienzo del mito uitoto nos recuerda los arquetipos y paradigmas de la especie –que define Jung-, latentes siempre en el inconsciente de cada soñador. Jung (1964), a pesar considerar los sueños como el umbral que nos devela la facultad simbolizadota del hombre, los define como fantasías endebles, evasivas e inciertas, y esto lo aleja de la concepción del sueño en las sociedades tradicionales. El nϊkaϊ amazónico está lejos de ser evasivo, pues es una posibilidad del pensamiento y una fuerza cuya naturaleza es crear.

Por tanto, no siempre el psicoanálisis es el mejor camino para enfrentarnos a estas otras esferas del sueño. Además -como dice Perrin (1990,13)- muchos etnólogos, fascinados con la psicología occidental, han leído los sueños de comunidades tradicionales desde estereotipos propios de su cultura y no desde la cosmovisión a la que pertenecen los sueños que estudian. En estos casos, se ha pasado por alto que en las comunidades tradicionales el contenido del sueño va mucho más allá de la relación entre el sueño y el soñador, por cuanto se adentra en el entramado del mito y la cultura. Más que universalidades o técnicas de interpretación (propias del psicoanálisis), en esta ocasión nos importan las singularidades, los detalles, las encrucijadas que cada soñador y cada comunidad plantea en sus revelaciones.

Eudocio Becerra, en el diccionario uitoto-español que acompaña el segundo tomo de Religión y Mitología de los Uitotos, dice a propósito del nϊkaϊ: “sueño; nϊkaϊ finode, entrar en estado de trance; nϊkaϊ beite, encontrar en estado de trance una respuesta; nϊkaϊ ϊϊgaϊ, hilo soñado”(1994,II,879). No es casualidad que todas las aproximaciones develen una embriaguez lúcida, un espacio para indagar, para encontrar, no para perderse. El nϊkaϊ uitoto es una experiencia de madurez, un puente entre la muerte y la vigilia, un vuelo que incide en el día a día.

Por su parte, Preuss profundizó en el concepto del nϊkaϊ en la primera parte de su investigación (1994,73), consciente de su papel decisivo en las narraciones relacionadas con el padre Creador y los antepasados. Él dice que sus “informantes” llaman al alma Nϊkaϊrama, pues en la noche ésta puede escaparse como un doble oscuro e imprevisible, como un otro “yo” dueño del delirio. Observación que nos hace recordar las conclusiones de Perrin anteriormente citadas: “algunas sociedades, y acaso todas, asocian entre sí la noción del alma y las experiencias del sueño…”. Preuss también afirma que algunas veces el nϊkaϊ es el lugar de encuentro entre los jefes muertos y la comunidad, pues para los uitoto los antepasados participan de las asambleas y del mambeadero a través de la ensoñación de los abuelos. Por último, el etnógrafo alemán aclara que el mundo de los hombres es llamado también nϊkaϊrani, es decir, lo soñado, la imagen onírica, ya que el orden del cosmos es el orden de la ensoñación, según el mito de creación que éste recoge.

Corroborando algunas de estas conclusiones, en un fascinante trabajo que ha realizado Fernando Urbina sobre Las hojas del poder en las comunidades Múrui-Muinane del Amazonas, Urbina afirma que el nϊkaϊ para los uitoto es una experiencia letal, es una indagación en la memoria de la especie y de la etnia; es tocar lo misterioso, la palabra mítica, la tradición madre: “Soñar a alguien para los uitotos y muinanes es signo inequívoco de la posesión de un poder que confiere especial dominio: soñar algo (persona, cosa, acción) equivale a visualizar (“ver”) su raíz más fundacional y eso permite ponerlo a merced del soñador, ya sea para desarmar la acechanza o para encontrar salida a un problema particular”(1992,27).

James llega a la misma conclusión a apropósito de El Komuitajagaϊ jiyaki, desdibujando con sus conclusiones los límites entre lo soñado y lo ‘real’: “En el ensueño entra de lleno a jugar la voluntad como fuerza generadora de sentido y de vida, se rompen los límites preceptúales del mundo autorizado y se realiza la conjunción de la idea y la acción en un mismo instante”(2003,9).

Como vemos, el sueño uitoto no se puede disociar tajantemente de la vigilia, pues encuentra en él mismo un código mito-poético que traduce las inquietudes del soñante y algunas veces las soluciona: es imagen que se materializa. Eudocio Becerrra, en la entrevista que le hace Ariel José James como epílogo a El Komuitajagaϊ jiyaki, amplía esta característica del sueño explicando el término monaitate (2003,28). Monaitate es hacer aparecer lo que se piensa, es darle vida a lo que se insinúa.

Por todo esto, más que el inconsciente o la conciencia, nos interesan los símbolos que se crean y recrean en el nϊkaϊ. En el territorio del sueño, el soñante uitoto entra en contacto con la dispersión de la noche primera, vislumbra el origen y retrotrae las palabras de origen. Allí se encuentran en igualdad el sueño alucinado de las plantas o el sueño inesperado del dormir. La única condición es saber soñar, pues aunque todos sueñan bajo el firmamento de la maloca, sólo algunos dentro de la comunidad tienen la fuerza para dominar el nϊkaϊ.

Por eso Urbina ha insistido en la singularidad del vidente dentro de la comunidad: “...‘El soñador’: así denominan en muchas tribus al chamán especialista en esos peligrosos atajos; tal es entre los uitoto el nϊkaϊrama, de nϊkaϊ: sueño, ‘borrachería’, alucinación, visión como producto del ver esencial; y de –ma: partícula que connota el dominio sobre aquello; de ahí, dueño o manejador de sueños”(1992,27). No es casual que el Padre Creador de los mitos que vamos a trabajar sea como este nϊkaϊrama que nos define Urbina, Él es el dios ensoñado que ensueña, Él es la conciencia primera que ordena el mundo con la paciencia ilímite. Alma, chamán, Padre Creador: mito, sueño y vigilia se fundan en el nϊkaϊrama.

De esta manera, el nϊkaϊ traza rutas difíciles para la razón, y se erige como otra posibilidad del ‘estar despierto’. Si el mundo fue creado –como vamos a ver más adelante- con un hilo soñado (nϊkaϊ ϊϊgaϊ) a través de la ensoñación del dueño de la nada (Naainuema), entonces el estado de la realidad que llamamos “vigilia” es también el resultado del nϊkaϊ mítico del primer nϊkaϊrama. Sueños dentro de sueños es el escenario posible. El vértigo de la mitología uitoto es desconcertante y mágico.


Kaϊ Moo Nanie Komuitajagaϊ (EL MITO DE CREACIÓN)

Los mitos no se olvidan y, además, ayudan a no hacer olvidar. Si acaso se ensombrecen o se ‘re-funden’, y en ese caso el abuelo debe indagar hasta encontrar la palabra fuerte apropiada que los recupere del desorden. Así mismo, la existencia entera –según el mito de creación uitoto- siempre estuvo contenida en la nada primigenia. En la noche de los tiempos, en el vacío del origen, el Padre Creador buscaba a través del nϊkaϊ el mundo.

En la versión de Preuss, Kaϊ Moo Nanie Komuitajagaϊ, según la traducción de Eudocio Becerra, las primeras palabras de la narración podrían traducirse así: Padre (Moo); esta tierra, este suelo (Nanie); crearse, crecer, nacer, originarse, transformarse (Komuitaj de Komuide); mito, hilo, ovillo (ϊϊgaϊ). Este es el mito del origen de esta tierra nombrado y visualizado por el Padre. La primera imagen que nos presenta el mito es la de la nada y al Padre palpando “lo imaginario”. Las palabras que más repite Pedro Rafue Yuakino, el intérprete e “informante” de Preuss, en el comienzo de la narración son: nada, vacío (Naaino); el Padre señor de la nada (Naainuema); el fondo (jiyaki), hilo-narración (ϊϊgaϊ); y, por supuesto, nϊkaϊ. Dice el texto de Preuss (1994,II:19):

Era la nada, no había cosa alguna. Allí el padre palpaba lo imaginario, lo misterioso. No había nada. ¿Qué cosa habría? Naainuema, el Padre, en estado de trance, se concentró, buscaba dentro de sí mismo. ¿Qué cosa habría? No había árboles. Rodeado de la nada, el padre la controló con ayuda de un hilo soñado y de su aliento…


El padre busca en la noche que precedió al primer amanecer, a la primera luna. Quiere crear, “inventar”. “Inventar” es una palabra que deriva del latín invenire que significa “encontrar”; de lo que sigue que inventa el que anda buscando, el que anda indagando en la dispersión, el que sospecha que ya está cerca de su hallazgo. Esa es la imagen de Naainuema que nos devela el texto: el Padre rodeado de la nada buscando intuitivamente sin miedo a errar, en un ensayo incansable sometido al riesgo del fallo. Tocar lo imaginario (forejetaide –palabra mítica, nos dice Becerra-) es inquirir en la tormenta la revelación. Así ocurre en el mito cuando el padre Nϊkaϊrama (Naainuema nϊkaϊdo) vislumbra el hilo soñado (nϊkaϊ ϊgaϊdo) con el que piensa construir esta tierra (Nanie). Es fascinante pensar que el hilo (ϊϊgaϊ) es también la denominación de las narraciones mitológicas entre los uitoto, pues según esto el padre estaría a un mismo tiempo desenvolviendo el mito y tejiendo con él la existencia. Por eso la importancia del aliento (jafaikido) y su fuerza para dominar a la Madre Noche: la nada.

En este punto, las palabras de Urbina esclarecen la importancia del aliento entre los abuelos amazónicos: “Para muchos sabedores uitotos y muinanes, en el tiempo y espacio (jagiyi: aire del origen, aliento) del comienzo, a donde se llega en el ensoñar, se espigan las palabras sombra nacidas de los murmullos primordiales, equivalentes a las realidades no concretadas aun (…) Ellas son, a su vez, el ensueño de un demiurgo que hubo de buscarlas para ser”(1992,27). En verdad, el nϊkaϊ siempre sospecha ese “aliento” mítico y accede a ese universo en potencia que es la nada.

Así mismo, para Preuss (1994,I,46), las palabras míticas se identifican con el contenido y existen independientes al Padre Creador. Ellas son una fuerza ejecutora y autónoma que encarna al Padre y que, desde antes de su aparición, navegan en la madre primigenia. Preuss, incluso, alcanza a afirmar que las palabras son el aspecto más importante de la figura del Padre. Rafuema mismo (el que posee las narraciones) es otro de los tantos nombres de Naainuema, el Creador, y la definición de Naaino (la nada) que hace Preuss nos lanza a otro nudo infinito dentro de la cosmovisión uitoto: “Naaino significa algo que existe en forma oculta a los sentidos, bajo la apariencia de lo no existente, o algo que sólo se acepta en el pensamiento, un producto de la ilusión, pero no completamente sin existencia”(1994,I,47). Este titubeo del etnógrafo alemán al tratar de definir el término nos aclara aun más la riqueza del concepto: la nada del origen es la madre silenciosa que existe, pero aun no existe.

A partir de esta ambigüedad, Preuss hace una relación sobre la que hay que detenerse: teje el mito (Rafue) con el maguaré y la luna obscura. Dice Preuss en su interpretación de los mitos: “En los textos, la luna obscura está simbolizada como algo vacío, obscuro, como un maguaré, como una batea, como una olla (…) La concepción de la luna obscura como algo invisible, misterioso, irreal, pero que a pesar de ello posee algo de real, puesto que de ella proviene la luna naciente, provee también muy seguramente el concepto primordial de lo imaginario, lo irreal de la palabra naaino”(1994,I,54).

Según Preuss, la nada es como la primera luna nueva, como el cero donde cabe el infinito, como la oscuridad sorda donde se gestan las palabras y las cosas. Lo interesante es que cada detalle de lo cotidiano en la nación uitoto se proyecta en el imaginario mítico como una metáfora de las palabras fuertes del origen. El hilo con que se teje el canasto para ir a la chagra es también el ϊϊgaϊ; la luna nueva es también el recuerdo de ese suspenso (naaino), un segundo antes del origen; el retumbar del maguaré es la noche telúrica, son las palabras primigenias que convocan al baile. Y así podríamos continuar entretejiendo la vida y el mito en los uitoto: pensamiento compacto, elástico…

Elástico como la sustancia mágica (arebaikϊ) que encuentra Naainuema cuando está tratando de sujetar el fondo (jiyaki) de la nada. Becerra define jiyaki como fondo, base, pero también como inframundo (1994,II,845). A lo que podemos agregar que el fondo de la creación es el inframundo, y cuando éste por fin ha sido sujetado, el Padre se sienta (rainadate) a soñar la tierra (nϊkaϊrani) . Entonces, a partir de este momento, el Padre va creando la existencia con la ayuda de su saliva y de las palabras ensoñadas (rafue): la selva, las palmas, el grillo, el mico churuco, los cerdos, las frutas, el armadillo, el venado, el oso, el águila, el tucán, el loro, la gallineta, el paujil, el chulo, el gavilán, el pájaro carpintero, la grulla, la paloma, el pato, el colibrí, el murciélago, la rana, la avispa y, finalmente, nosotros, otro elemento más de la creación.

La nación uitoto respeta desde su mitología cada especie de la creación. En los mitos recogidos por Preuss o en compilaciones más recientes de su tradición -como la de Hipólito Candre, Tabaco frío y Coca dulce-, cada una de estas especies desfila con protagonismo, al igual que en El Konuitajagaϊ jiyaki, la otra versión del mito de creación que vamos a trabajar. Así, pues, la creación para los uitoto es la prueba fehaciente de la ensoñación de los dioses y de la fuerza del nϊkaϊ para crear. El mito es vívido en cuanto la realidad lo es: esta última es la prueba de su veracidad.

Becerra y James dan algunas pistas de la relación entre el mito recogido por Preuss y el mito de los abuelos Jacinto y Pablo Becerra. Dicen que ambas versiones del mito de creación “comparten la misma estructura dramática y narrativa: éxtasis del Creador, hilo del ensueño, tierra como fruto del ensueño; pero difiere en el contenido epistemológico: el mito que transcribe Preuss no relata la manera de pensar de Juziñamui ni recoge su palabra de poder”(2003,6).

Lo que quiere decir que El relato de la Creación de la tierra hecha por nuestro padre (Kai Moo Binie Komuitajagaϊ jiyaki ), recogido por Eudocio Becerra, es una narración que encarna la voz de Naainuema. Como dice James en la introducción del texto, “la voz del poema es la voz de la propia divinidad, el mismo pensamiento es quien expone sus realizaciones, se explica, se autorecrea”(2003,8). Juziñamui –otro nombre del Padre- es engendrado y encarnado a un mismo tiempo por el pensamiento, es la conciencia universal que crea visualizando lo posible. El poema –como dice Becerra (2003,27)- no es un recuerdo de hechos comunes, sino el conjuro de la creación con el que se le da espíritu a los alimentos.

El mito está dividido en tres partes: el pensamiento del Padre antes de la Creación, la Creación como tal, y el nacimiento de los hombres. La primera parte comienza así, en la traducción de Becerra (2003,16):

Desconocemos cómo fue creado nuestro padre; en verdad, se creó de la nada, se ignora quién fue su creador. Ciertamente siempre permanecía suspendido del vacío, apenas blanqueaba el entorno donde yacía nuestro padre Juziñamui. Por eso, su sueño era un hilo a base de la sustancia pegajosa; Juziñamui, nuestro padre, se suspendía solamente de la nada, flotando en este hilo pegajoso. Al principio, su sueño se realizaba, entonces él dijo: “Yo soy el hombre que gira”, “Vengo de la nada, soy la tradición”.“Ahora veré por mí mismo; yo soy el que piensa con el corazón…”


Surge el Padre de la nada, de esa fuerza innominada que sostiene la existencia, de esa esencia que acoge todo lo no existente que está por existir. Y otra vez vemos a Juziñamui soñando el hilo mágico (nϊkaϊ ϊϊgaϊ) y preguntando por la tradición (rafue) que habrá de fraguar el mundo (nϊkaϊrani). Es interesante escuchar al Creador preguntándose cómo hacer para encontrar el camino de su creación. Juziñamui titubea con sabiduría, piensa con el corazón, se visualiza a sí mismo para llenarse de fuerza y engendrar. Él es el Soñador que se sueña, es el demiurgo que visualiza cada una de sus partes hasta sobredimensionarlas con la ayuda del buen nϊkaϊ (Becerra,2003,18):

En aquel tiempo aun nadie había; tampoco tierra ni agua; en él estaba todo. No había ríos, todo estaba en él. Su saliva en la boca fluía como un río espumoso. Todo en él estaba. Sus venas eran ríos. El agua era la transpiración de su ser. Y él, solamente, pendía de la nada.


Esta primera parte del mito es llena de sombras y desfallecimientos. Juziñamui conoce las trampas de la ensoñación (Becerra,2003,28), pero Él es muy insistente y no se deja engañar por la ilusión. Entonces Juziñamui indaga sin encontrar y su sueño no visualiza la tierra (binie). Finalmente asciende con ayuda del hilo soñado desde el inframundo y forma la tierra a partir del barro y la ensoñación. Pero esta primera creación es lodosa e inhóspita, y debe crear el sol para secar la tierra y así poderse sentar sobre ella. Es sorprendente como el Padre Juziñamui cambia de parecer y juzga sus propios hechos. Dice la narración (2003:22):

Entonces, se embriagó totalmente, y tuvo el verdadero sueño. “Al comienzo, lo que soñaba, no era lo que yo creía”, dijo, y tuvo visiones. Veía su sombra, pero él creía que era otro espíritu.


Nuevamente es a través del sueño que el Padre entra en contacto con su otro “yo”, con su “alma”, con el espíritu oscuro. En el mito de creación, Juziñamui viene a ser el primer Nϊkaϊrama, el primer chamán en desdoblarse y sobrevolar las diversas esferas del ser. Y es justo después de esta visión que Juziñamui se sienta otra vez sobre la tierra y nace la vegetación. Luego empieza a crear cada elemento de la creación con el conjuro preciso (2003,24):

Yo soy el que piensa con el corazón, soy el que recuerda. Yo soy la Tradición, soy el que busca.


Finalmente, en la tercera parte del mito, Juziñamui se propone crear al hombre, y lo hace a partir de su aliento (2003,26):

Mi semejante hablará conmigo, y lo hará como yo lo hago”, dijo nuestro Padre. Por eso somos la esencia de su ensueño.


El Padre dictamina a través de su mandato las características del rito uitoto: la conversación en el mambeadero por el camino de la ensoñación es ‘visualizada’ desde entonces. Juziñamui crea a los uitotos a su imagen y semejanza, y crea a la tierra a imagen y semejanza de él y de los hombres, y por eso las palabras de Becerra re-crean la fuerza de este momento mítico: “Todo lo que está allá afuera está aquí dentro. En el interior de nuestro cuerpo hay cataratas, valles, montañas, lagos. Tal y como están sobre la madre”(2003,33). La madre es, en últimas, la totalidad que habita al hombre uitoto que sabe percibir la divinidad que lo conforma. El nϊkaϊ es una de las vías para dilucidar esta certeza.

LA ENSOÑACIÓN QUE ATA Y DESATA…

Compartimos lo que concluye Perrin sobre el alcance de los sueños en relación al mito y a la realidad: “Los mitos se proyectan en los sueños y los seres o actos del sueño son expresados en lenguaje mítico. A veces, soñar permitiría transformar el conocimiento simbólico y mitológico en experiencia. Paradójicamente, el sueño da la prueba de la realidad de los mitos, que en ocasión de un sueño, puede cobrar vida”(1990,9). La incidencia de los sueños en la mitología y la realidad de las sociedades tradicionales sigue siendo una constante, incluso en las circunstancias sociopolíticas que viven las comunidades indígenas de nuestros países. Los sueños parecen ser una herramienta de la tradición que resiste a la colonización cultural y que, al mismo tiempo, se empapa de imaginarios foráneos y de acontecimientos cruciales del día a día.

Eudocio Becerra termina la entrevista que le hace James con un comentario directo sobre la situación de su pueblo en relación a la mitología: “Se acabó la época encantada, ya los abuelos sabedores no quieren transformarse en tigres o en jaguar. Ya no es época. Hemos perdido el lenguaje propio, está combinado con las religiones cristianas. Por eso el hombre tigre se oculta. Pero puede aparecer en la ensoñación nuevamente, en el aire, en el viento, en el olor”(2003,34). Hoy, esta situación es indudable, pues en menos de un siglo, el caucho, el narcotráfico, el agua, la ambición han diezmado a los Múrui-Muinane, los han desplazado de sus territorios ancestrales y los han obligado –como en el caso de los misioneros que acompañaron la Casa Arana- ha olvidar su lengua y sus tradiciones (Urbina,2004).

Pero más allá de los avatares de la historia, Becerra cree que el sueño es todavía un respiro que trasciende esos acontecimientos recientes, y resiste desde el origen con las palabras fuertes. El nϊkaϊ como mecanismo de resistencia es un hilo más de este entramado que hemos ido tejiendo. El sueño es un espacio ordenador –como hemos visto-, un instante lúcido que organiza el caos. Perrin afirma que el sueño en las sociedades tradicionales es capaz de someter términos nacidos en el desorden a una disciplina gramatical (1990,15). Allí, el sueño dirigido es capaz de crear, de atar y desatar cabos hasta enmendar vacíos de la existencia. Jung mismo caracteriza al sueño como algo sutil, indirecto, propiciador de imágenes, de analogías, de espacios poéticos, de ‘realidades’ nuevas (1964,74).

Así es el nϊkaϊ entre lo uitoto, allí la ensoñación se alimenta de metáforas y símbolos para aclarar y entender el mundo. Además, teniendo en cuenta lo anteriormente desarrollado sobre el mito de la Creación, la acción de crear entre los uitoto es un movimiento complejo. La creación conjuga todas las caras posibles de la cosmovisión de los Múrui-Muinane. Como dice James, no puede haber creación verdadera sin la participación del espíritu, del corazón y del ensueño. De hecho, a partir de El Komutajagaϊ jiyaki, James establece tres condiciones básicas que requiere cualquier hecho, acción o movimiento de energía para ser considerado un acto creativo (2003,14): debe ser un acto con una intencionalidad espiritual definida, debe articularse a través de la ensoñación y, finalmente, debe realizarse con el aliento, las entrañas y todo aquello que se designa con el nombre de pensamiento con corazón.

Siguiendo estas condiciones, la voz y ensoñación del abuelo Don José García es palabra fuerte que visualiza en "Un sueño sobre los dueños de la coca-del-blanco", relato recogido por Fernando Urbina en 1986, cerca de la quebrada Takana, en las vecindades de Leticia (1992) y publicado como documentos finales en la investigación Las hojas del poder. Aquí, aunque ya no estamos escuchando el instante preciso en que surge la existencia, sí alcanzamos a presenciar el momento “creativo” en que el abuelo ata y desata cabos por el camino del ensoñar, de la misma manera que el Padre Naainuema o Juziñamui tanteó o palpó lo imaginario en La creación.

Y lo que más nos llama la atención es que “aquí se vislumbran claves que pueden esclarecer problemas relacionados con la génesis de los mitos. La síntesis de una coyuntura insólita con experiencias oníricas y alucinatorias empadronadas en la vieja tradición mítica, lleva a la elaboración de esta crónica”(Urbina,1992,63). La ensoñación aparece en esta narración como la fuente en donde se generan los símbolos que luego la cultura apropiará en la vigilia. Como Jung lo advirtió, el sueño no sólo recrea los recuerdos de un pasado consciente, sino que de él pueden surgir por sí mismos nuevos pensamientos, nuevas ideas, pequeños destellos que iluminen la vigilia (1964,37). Eso es lo que ocurre en Un sueño sobre los dueños de la coca-del-blanco.

La narración comienza haciendo palpable la incomprensión entre los riama (hombres blancos) narcotraficantes y el abuelo uitoto, pues para el abuelo sembrar la hoja sagrada de la coca es un proceso vital en donde se involucra el destino de la tradición y de la memoria. El abuelo sólo siembra para el baile o para la minga, pero no para desperdiciar o vender como los riamas quieren: “Y ¿para qué quiero más plata?-se pregunta el abuelo- Yo tengo lo que necesito”(1992,64).

No obstante, los narcotraficantes convencen al abuelo y él les convida con la mitad de su cosecha. Cuando por fin los riamas procesan su bazuco, éstos le ofrecen al abuelo, asegurándole que fumarlo no le va a hacer daño, sino que, por el contrario, lo va a cuidar del reumatismo y la enfermedad. Pero cuando el abuelo fuma, la narración devela la angustia del Nϊkaϊrama que no puede controlar la embriaguez (1992,65):

Entonces llegaba gripa y no pasaba y el pensamiento andaba perdido. No me acordaba de nada, como un muchacho. Me estaba tumbando la enfermedad. Yo, nada. No tenía cabeza, pensamiento, nada…

El vacío que siente el abuelo es comprensible si tenemos en cuenta que él es el guardián de la comunidad, y el mal uso de la planta sagrada así como su dispersión afectan la armonía de su pueblo. Pero el abuelo continúa sin ver bien. Él conoce su responsabilidad como cacique y portador de las historias de antigua y, sin embargo, no logra encausar su viaje. Es ahí cuando el abuelo trata de regresar de este mal nϊkaϊ con ayuda del tabaco. En este momento de la narración Urbina subraya que el tabaco hace parte de las plantas empleadas en los rituales de purificación: limpia el cuerpo y ‘trae el alma que anda lejos’(1992,84). Como Juziñamui tanteando en la ensoñación en busca del fondo de la nada (naaino jiyaki), el abuelo Don José García prueba ‘ver’ más allá de esta sombra que lo enceguece (1992,65):

Yo pensaba. Tenía tabaco. Saqué jugo. Ya vomité. De noche vomité dos veces. Con ése ya llegaba pensamiento. Todo eso. Ahí ya soñé. Dijeron los ancestros en el sueño:
- Nosotros, los Caciques, no debemos usar eso.
Entonces yo pregunté con qué se podía curar eso.
- Es que tú ensuciaste la coca.
- No es culpa mía, vinieron hasta acá…


Entonces los ancestros le recuerdan al abuelo sus deberes con el baile, sus dietas, y el secreto para limpiar su cuerpo:

-…Debes vomitar con eso mismo. Con eso mismo te debes limpiar. Todo eso que hay sucio en tu cuerpo y en tu corazón es lo que tapa el pensamiento. Tú fumas dos o tres cigarrillos hasta que vomites para votar todo lo que tienes de sucio. Saldrá todo porque eso [bazuco, cocaína, coca-del-blanco] tiene dueño, tiene su fuerza esa coca de blanco. Verás eso. Buscarás a ese dueño, a esa fuerza. Ahí mismo tú encontrarás para que creas. Con eso vas a ver el dueño de eso. Así sabrás qué es lo que tiene el hombre blanco.


Cuando el abuelo entienda quién es el dueño de esta coca mala, gran parte de la curación estará dada. A través de la ensoñación el abuelo Don José García prueba a luchar con el dueño de la coca-del blanco. Pronto al abuelo se le revela la verdad: el dueño de la coca-del-blanco es el diablo que los riama han traído con su religión. Los hombres blancos en el sueño de Don José García aparecen como micos, como bestias barbadas, degeneradas, sucias. Así, el abuelo visualiza que los blancos son más feroces que los mismos depredadores que conviven en la selva con su comunidad: ellos son la envidia y la ambición personificadas, comiéndose a su propia gente, robando y repartiendo la coca que no es suya.

A partir de esta revelación, el abuelo se cura y queda tranquilo con el saber adquirido mediante el nϊkaϊ. La naturaleza es un abrigo, no una amenaza, y el abuelo comprende que él y su pueblo nunca la han maltratado. Pero los blancos continúan sin entender (1992,69):

- Abuelo, ¿qué es lo que tienes tú? Porque a ese perro nadie toca, nadie puede acariciar. ¿Qué tienes tú que sí puedes acariciarlo? A él nadie se puede acercar porque se lo come. Y ¿por qué no te hizo nada al acariciarlo?
Entonces yo les contesté:
- Porque yo soy persona buena. Si se tiene el corazón bueno, se puede.


La respuesta del abuelo es tranquilizadora y cierra el relato a favor de la esperanza. Aquí el abismo parece inconmensurable. En el sueño del abuelo Don José García los intereses del hombre blanco y el indígena divergen a tal punto que parecen vivir en realidades distintas: el primero es egoísta, sordo, testarudo y no ve más allá del bien propio; el segundo quiere entender al primero, pero es poco lo que puede comprender de un ser que lo único que desea es destruirse a sí mismo. Las culturas amerindias aun hoy viven pensando en su comunidad y luchan por ella; hasta el suceso más pequeño de su acontecer diario está relacionado con la totalidad y con las historias de antigua.

La hoja de la coca es sagrada porque alrededor de ella todos los hombres se reúnen sin excepción y vislumbran las palabras fuertes. El nϊkaϊ es un territorio en donde el pensamiento se organiza y se materializa con ayuda del lenguaje mito-poético.



Bibliografía

• BECERRA, Eudocio. JAMES, Ariel José. El Komuitajagaϊ jϊyakϊ. Poema uitoto de la creación. Bogotá: Asterión. 2003.
• CANDRE KINERAI, Hipólito. Compilación y traducción Juan Álvaro Echeverri. Tabaco frío y Coca dulce. Bogotá: Colcultura. 1993. Premio Nacional al rescate de la tradición oral indígena.
• JUNG, Carl. El hombre y sus símbolos. Madrid: Aguilar. 1964.
• PERRIN, Michel (Coord.). Antropología y experiencias del sueño. Quito: Abya-Yala. 1990.
• PREUSS, Konrad Theodor. Religión y Mitología de los Uitotos. Traductores: Eudocio Becerra Biguidima, Gabiele Petersen de Piñeros y Ricardo Castañeda. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia. 1994. 2 volms.
• URBINA, Fernando. Amazonía, Naturaleza y Cultura. Bogotá: Banco de Occidente. 1986.
………………………… Las hojas del poder. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia. 1992.
…………………………Dϊϊjoma.El hombre.serpiente.águila. Bogotá: Convenio Andrés Bello. 2004.

LOS OVNIS DE ORO: UN COLLAGE DE ERNESTO CARDENAL




Este artículo fue publicado en: Logos, revista de la facultad de filosofía y letras. Vol. 15. Universidad de La Salle. Bogotá. Enero – Junio. 2009.


El tiempo el tiempo el tiempo
la preocupación por el misterio del tiempo
habían sido esas estelas

(“Mayapán”. p.92)


Resumen
En 1969, Ernesto Cardenal (1925) publica Homenaje a los Indios Americanos. Veintitrés años después, para el quinto centenario del encuentro entre los dos mundos, Cardenal re-edita una versión aumentada de este primer homenaje: Los ovnis de Oro (1992). En el presente artículo, se visibilizarán en la lectura de estos dos textos los mecanismos poéticos que emplea Cardenal para reflexionar sobre su tiempo desde imaginarios y categorías amerindias.
Palabras Clave: historia, mito, collage, pastiche, palimpsesto.

Abstract
In 1969, Ernesto Cardenal (1925) published Homenaje a los Indios Americanos. Twenty three years later—the five-hundred-year anniversary of America’s discovery—Cardenal re-published this homage with additional poems in Los ovnis de Oro (1992). This article will attempt to show the poetic mechanisms that Cardenal used to reflect upon contemporary times with the aid of American Indigenous images and concepts.
Key words: history, myth, collage, pastiche, palimpsest.


En Los ovnis de Oro y el Homenaje a los Indios Americanos, Cardenal sigue los principios de la poesía exteriorista, jugando con diversas fuentes antropológicas, arqueológicas, históricas, etnográficas, populares, procurando así una poesía en la que actúan diversas voces y en la que el sujeto poético es dueño de la ubicuidad. Cardenal ha dicho sobre los preceptos del exteriorismo:

El exteriorismo no es un ismo ni una escuela literaria. Es una palabra creada en Nicaragua para designar el tipo de poesía que nosotros preferimos. El exteriorismo es la poesía creada con las imágenes del mundo exterior, el mundo que vemos y palpamos, y que es, por lo general, el mundo específico de la poesía. El exteriorismo es la poesía objetiva: narrativa y anecdótica, hecha con los elementos de la vida real y con cosas concretas, con nombres propios y detalles precisos y datos exactos y cifras y hechos y dichos. En fin, es la poesía impura.
(Quezada, p.19-20)


Tanto el Homenaje a los Indios como Los ovnis de Oro están configurados por poemas-homenajes que recorren textos, relatos, acontecimientos, nombres y fechas exactas alrededor de cinco áreas geográficas de América: el valle de México y las tradiciones náhuatl de los cuicatl o cantos; la Selva del Petén, la Península de Yucatán (las tierras bajas) y su calendario maya; la gran zona caribe, heredera de la gran familia chibcha, desde los Tules hasta los kogui de la Sierra Nevada de Santa Marta; las grandes praderas y los grandes lagos de Norteamérica en la zona que Brotherston (1997) denomina Isla Tortuga; y, finalmente, el gran Tahuantinsuyu de los andes suramericanos.

De este gran entramado de senderos culturales, el presente artículo se detendrá en cuatro poemas: “Netzahualcóyoltl” para la zona nahuatl, “Mayapan” para la zona maya, “La danza del espíritu” para Isla Tortuga y “El secreto de Machu Pichu” paro los Andes. Teniendo en cuenta que estos textos fueron configurados como un todo, el presente análisis es extensible a los demás poemas.

A partir de estos cuatro textos se desarrollarán dos ideas principales. La primera propone el collage como una posibilidad historiográfica y literaria, cuyas raíces también podemos rastrear en el pasado y en el presente indígena. La segunda reconoce la lucidez de Cardenal para reflexionar, desde la década del sesenta (recordemos que el Homenaje es del 69) sobre las culturas amerindias, sin contemplar el pensamiento indígena como una entidad inamovible en el pasado.

El presente ejercicio ha sido sugerido por los trabajos de Gordon Brotherston, quien en La América Indígena en su Literatura (1997) y en su libro en preparación Dream and Number in the Fourth World, ha demostrado la existencia de un gran palimpsesto que atraviesa toda la producción literaria de América, desde los glifos, ideogramas y semasiogramas precolombinos hasta Gabriel García Márquez, Octavio Paz, Juan Rulfo o, desde luego, Ernesto Cardenal.

La posibilidad de estudiar hoy los nocturnos de Rubén Darío a la luz del calendario maya (Brotherston, 2007), de analizar Pedro Páramo a través de las concepciones sobre la muerte que construyen los Teotlahtolli nahuatl (los ciclos míticos del valle de México transcritos durante la colonia), o la posibilidad de indagar en Los ovnis de Oro a partir de un concepción indígena del collage, son alternativas que redimensionan las obras de los escritores latinoamericanos y replantean las categorías tradicionales de los estudios literarios. En este sentido, Los ovnis de Oro es una obra ideal para realizar esta tarea.

Dentro de la propuesta de Brotherston, el devenir del palimpsesto americano se intensificó en los escritores no indígenas a partir de Hombres de Maíz (1949) de Miguel Ángel Asturias, y de ahí en adelante con escritores como Juan Rulfo, Octavio Paz y José Emilio Pacheco en México, José María Arguedas en Perú, Mario de Andrade en Brasil, Augusto roa Bastos en Paraguay, Eduardo Galeano en Uruguay y Ernesto Cardenal en Nicaragua, entre muchos otros, concluyendo que “todas estas obras ponen de relieve los libros clásicos del náhuatl (Cantares mexicanos), del maya (los libros del Chilam Balam, el Popol Vuh), del quechua (el drama de Atahualpa), y el guaraní (Ayvu rapyta), e invocan y hasta transcriben las páginas luminosas de los libros antiguos de Mesoamérica y el entrehilado quipu; al hacerlo, enriquecen nuestros conceptos de intertextualidad” (Brotherston, p.424).

Aunque la idea del collage no es una entrada nueva en la extensa obra de Ernesto Cardenal, en repetidas ocasiones se ha dicho que este procedimiento fue heredado de los experimentos vanguardistas de Ezra Pound, T.S Elliot y William Carlos Williams (Carrasco, 2002), quienes concibieron obras totalizadoras en la primera mitad del siglo XX, en las cuales diversas culturas, lenguas, religiones, historias, héroes fueron presentados simultáneamente. Al respecto, Saúl Yurkiévich (quien hace parte de la misma generación de Cardenal) ha precisado sobre la influencia de Pound:

También nos servimos de los Cantos, de lo multilingüe y trashumante, de la movilidad verbal y versal, de la variabilidad estilística y prosódica, de lo ubicuo y simultáneo, del avivamiento ideográfico y de la cambiante compaginación. Pound nos demostró el inagotable poder de admisión y aditamento del collage, capaz de acoger cualquier otro discurso, incluso el jurídico y el económico. Pound prueba que el collage puede alojar todo lo dicho, una extraordinaria mixtura translingüística, transcultural y transhistórica. Los estímulos que provocan la difusión en Latinoamérica provienen del dominio anglófono. Ernesto Cardenal transplanta a la poesía hispanoparlantes los dispositivos poundianos.(1996, p.335)

Sin desvirtuar estos cruces transtextuales, la idea en esta ocasión es entrar a Los ovnis de oro desde una concepción indígena del collage, no desde la propuesta exclusivamente “anglófona” -como dice Yurkiévich-, si no desde el propio pensamiento amerindio. Si bien las influencias norteamericanas son decisivas en la obra de Cardenal, así mismo resulta indispensable reconocer las fuentes indígenas que motivan al poeta guatemalteco, las cuales son protagonistas del juego intertextual.

Según esta propuesta, en Los ovnis de oro la literatura y el pensamiento indígena son los que construyen el collage como un gran andamiaje de préstamos y superposiciones. En el siguiente fragmento de “El secreto de Machu-Pichu” la voz del sujeto poético desaparece y por un instante el lector se desplaza al lago Titicaca y escucha en la intimidad del agua a un viejo quechua conversando en su casa con un investigador:

“Hay pueblos que han salido de la boca de Dios.
Por eso hay pueblos habladores como Lima.
Hay pueblos que han salido de sus ojos,
ven lejos, ven lo que ha sucedido en la época de los Incas,
en las punas donde se está cerca del cielo.
Perú comienza en el lago Titicaca,
que es el sexo de nuestra Madre Tierra
y termina en Quito que es su frente.
Lima dicen es su boca y Cuzco su corazón palpitante.
Lima es su boca. Por eso ya nadie, ningún peruano
quiere hablar nuestra lengua”
(“El secreto de Machu-Pichu”, p.167)


Lima, atravesada por el río Rimac, después de siglos de instituciones coloniales que terminaron por “blanquear” el pasado amerindio de la costa peruana, aparece como el gran vacío, como el gran silencio. El viejo quechua sabe que el Rimac es el “río que habla” en la lengua de sus antepasados y por eso su lengua está débil, pues ésta ha sido olvidada por la boca del Tahuantinsuyu. Los ovnis de oro es este canto de diversas voces, es esta polifonía de diversos timbres, tonos y escalas: macrotexto poético (Carrasco, 2002).

En “Nezahualcóyotl”, por ejemplo, la cadencia del texto se apropia de las reduplicaciones constantes y epítetos propios de los cuicatl nahuatl, lo cuales venían practicándose desde el siglo XIV y antes hasta el periodo colonial, cuando se transcribieron con ayuda del alfabeto latino en compilaciones como los Cantares Mexicanos y los Romances de los Señores de la Nueva España (Garibay, 1993). Veamos:

Y después de los cantos comían tacos.
Un estadista-poeta, cuando había democracia en Texcoco
paseando
bajo las aguacates; va con Moctezuma I y otros poetas
son sus cuates
“Oh Moctezuma
sólo entre las pinturas de tus libros
perdurará la ciudad de Tenochtitlán”
El poder decir unas palabras verdaderas
en medio de las cosas que perecen.
“Por breve tiempo, oh príncipes…”
(“Nezahualcóyotl”, p.21)


Entre el mito y la historia, Cardenal desbarata cronologías y re-escribe el pasado, el presente y el futuro más cerca de los escribas-sacerdotes mayas, de los quipucamayoc incas (quienes descifraban el quipu) o de los cuicapicque nahuatl (los forjadores de cantos) que de los historiógrafos, poetas o teólogos contemporáneos a su tiempo. Su tono exteriorista, antipoético, coloquial quiebra el tono académico y, por eso mismo, lo humaniza.

La sociedad de poetas del reino de Texcoco es un grupo de cuates a los que les fascinan los tacos, al mismo tiempo que son la institución del “estado” que alienta al pueblo con sus cantos a entender el misterio de la muerte, de lo perecedero de la existencia. Como Tenochtitlán, todo habrá de perecer para Nezahualcoyotl, y sólo en los cantos (las flores para los nahuas), en las pinturas de los códices, en la memoria de los hombres estará la posibilidad de permanencia. En los Romances de los Señores de la Nueva España leemos este famoso pasaje del príncipe chichimeca, palimpsesto de Los ovnis de oro:

Como una pintura
nos iremos borrando,
como una flor hemos de secarnos
sobre la tierra,
cual ropaje de plumas
del quetzal, del zaguán,
del azulejo, iremos pereciendo.
(Martínez, “Como una pintura nos iremos borrando”, p.204)


CUANDO TODO ESTABA EN SUSPENSO: una conversación entre el mito y la historia

Los primeros versos del poema “La danza del espíritu” son los que siguen:

“Estas tierras son nuestras
nadie tiene derecho de sacarnos
nosotros fuimos los primeros dueños”,
Estrella Fugaz a Wells, 1807
Y el presidente podría estar tranquilo en su gran aldea
bebiendo su vino en paz
mientras él y Harrison tendrían que pelear
Estrella Fugaz a Harrison, 1810
El Gran Espíritu dio esta gran isla a sus hijos pieles rojas…
Nos han ido empujando desde el mar hasta los
Grandes Lagos
ya no podemos ir más lejos!
(“La danza del Espíritu”, p. 133)


Pensar el mito a la manera de Cardenal es un ejercicio que aúna saberes, pues la interpretación de los relatos míticos va más allá de la contextualización de la cultura que los nombra y los respeta. Un acercamiento sensato a las tradiciones primordiales de cualquier pueblo exige un esfuerzo epistemológico, un despojamiento, una revisión.

Sabemos que los límites de la interpretación de los enunciados míticos están en tensión con las “creencias” y marcos culturales del propio lector, investigador y, en este caso, poeta. La confrontación entre el mito y la historia en los procesos de Conquista de las Américas queda al descubierto en este pasaje de Cardenal: ni el presidente Jefferson ni Wells ni Harrison se detuvieron por un momento a pensar que con sólo ojear la realidad, las palabras de Estrella Fugaz tenían mucho más sentido que sus afanes imperiales. En 1803, como respuesta a la propuesta del presidente Jefferson de que los shawnee abandonaran el territorio de sus antepasados a cambio de una cifra irrisoria de dinero, Tecumseh clamó las siguientes palabras, palimpsesto del poema-collage de Cardenal:

El ser que habita en mi interior, en estrecha comunión con el pasado, me dice que tiempo atrás no había hombres blancos en este continente, que entonces pertenecía sólo a los pieles rojas, una raza que fue instalada allí por el Gran Espíritu, quien les hizo cuidarlo, recorrerlo, gozar de sus frutos y llenarlo con hijos de la misma raza feliz… (Si-Yuan, 42)


Para estudiar Los ovnis de Oro y los mitos y tradiciones a los que allí se refiere, se debe aclarar primero que el mito es una historia verdadera, la cual no necesita evidencias más que la realidad misma; es inseparable de la historia cotidiana, pues cada conducta del pueblo, cada pirámide, danza, pintura obedece al modelo primordial (Eliade, p.14).

También se debe decir –como afirma Eliade-, que es muy difícil hacer una distinción tajante entre el tiempo histórico y el tiempo mítico, ya que la irreversibilidad de los acontecimientos “reales” de cualquier comunidad afecta los enunciados míticos y sus re-actualizaciones periódicas (p.19). Por lo tanto, el mito es un signo dinámico en el que se dan cita los “conocimientos” de la comunidad, y se devela la forma en que cada integrante de esa cultura se relaciona con el mundo. El mito condensa los modelos y la normatividad de un grupo de personas; es legitimador de la sociedad (Duch, p.58). Finalmente, desde este punto de vista, el mito no es exclusivo de sociedades que conservan formas de vida tradicionales, sino inherente al hombre mismo (Niño, p.22).

Si se siguen estos puntos de vista, la propuesta de Cardenal cobra nuevos matices, pues su interés en Los ovnis de Oro atraviesa el mito y la historia, condensando estas dos fuerzas en el collage, en la superposición de visiones de mundo que, en el caso de “La danza del espíritu”, resulta de la mirada imperial de los colonos ingleses y de la tradición del Gran Espíritu entre las comunidades amerindias que tuvieron que desplazarse hasta los Grandes Lagos entre lo que es hoy en día Estados Unidos y Canadá.

Ni el hombre precolombino vivió ausente de la historia ni el hombre contemporáneo ha sobrevivido abandonado por los mitos. Cardenal ha dicho sobre su afición por la historia: “Desde muy joven me interesé por la historia de Nicaragua. Luego me interesé por la historia de Centroamérica. Fue poco a poco que me fui sumergiendo en ese reino fantástico que es el pasado. Mucha de mi poesía es entonces histórica. Pero no se trata de una historia vieja y muerta. Al contrario, es una historia viva y presente y, por tanto, poética” (Gómez, 1999).

De ahí que la mayoría de sus libros surjan a partir de encrucijadas históricas: Hora O (1960), a partir de la lucha entre Augusto César Sandino y el engranaje norteamericano detrás de los políticos nicaragüenses; Epigramas (1960), en los que se mezclan los sentimientos del sujeto poético por el amor no correspondido y la angustia por la revolución ante el tirano de turno; y El canto cósmico (1989) y sus reflexiones místicas que recorren la historia del hombre desde el big-bang y el génesis; entre muchos otros.

Es de aclarar, no obstante, que el interés de Cardenal por el pasado no es científico; su actitud frente a las comunidades indígenas de América no es la del investigador o antropólogo, sino la del poeta que se siente parte de un “continuum”. En Los ovnis de oro el sujeto poético se confunde constantemente con un “nosotros amerindio” que busca actualizar el pensamiento indígena. En la Antología de poesía primitiva que Cardenal preparó para Alianza en 1987, dice el poeta nicaragüense: “He preferido que esta antología vaya sin una sola nota y sin bibliografía. Esto no es un libro científico, es un libro de poesía” (p.16).

Y es por esta actitud que Cardenal logra visualizar la historia desde una perspectiva indígena, aunando la herencia precolombina con el capitalismo, el socialismo, el fascismo o el cristianismo. Así, pues, el collage no permite la idealización, y aunque Cardenal ubica la utopía marxista en el pasado indígena, al mismo tiempo denuncia las crisis políticas del mundo azteca, maya e inca, reconociendo episodios como: los fanatismos hacia Huitzilopochtli (de los nazi-aztecas, como dice en “Netzahualcóyotl”, p.34), las intolerancias de la familia Cocom en Yucatán (enredadera de flores amarillas, familia Somoza, Mata-Palo, como dice en “Mayapán”, p.90) y los despotismos del Inca reinante,

El Inca era dios
era Stalin
(Ninguna oposición tolerada)
Los cantores sólo cantaron la historia oficial
(“Economía del Tawantinsuyu, p.159)


Al respecto, María Tomsich ha anotado que Los ovnis de oro demuestran “el perseverante interés de Cardenal en amalgamar el mito con los datos de la investigación arqueológica que representan lo concreto” (p. 392). En este ejercicio interdisciplinar, Cardenal presenta en sus poemas lo mundano, lo terrestre, lo material, lo exacto, de la mano de lo numinoso, de lo etéreo, de lo disperso. Después de la familia Cocom, dice Cardenal en “Mayapán”:

Y
como quien baja una pirámide
(1200 – 1450 d.C.)
la pérdida de los valores mayas
de una alta pirámide a la selva de abajo
El tiempo el tiempo el tiempo
la preocupación por el misterio del tiempo
habían sido esas estelas
o: obsesión de eternidad
Fechas hacia atrás
buscando la eternidad
buscando el futuro también
hacia atrás, en la eternidad
Cada vez más atrás
el almanaque de un año Noventa Millones de años atrás
(en Quiriguá, Honduras)
y Cuatrocientos Millones de años atrás
(allí mismo, Quiriguá, otra estela)
y más atrás! (…)
Hasta el comienzo
cuando todo estaba en suspenso todo inmóvil todo silencio
todo vacío
solamente sólo quieto el mar el cielo todo
y nada que estuviera reunido nada ruidoso
y todo estaba invisible todo inmóvil en el cielo
solamente quieta el agua solamente
tranquilo el mar
y no existía nada que existiera
(“Mayapán”, p.93)


Lo concreto: las guerras, las revoluciones, los tiranos, las injusticias económicas, las crisis políticas, las dictaduras, las estelas; lo numinoso: los cantos, las danzas, las pinturas, los mitos, las palabras de los abuelos, de los sabios. La certeza de los datos arqueológicos, de los hallazgos en las estelas, se mezclan en “Mayapán” con las voces del Popol Vuh, con el cero del comienzo, con la nada primigenia que contiene el universo según la tradición Maya K’iche’. Pero conocer el pasado es también conocer el futuro en una visión del tiempo “espiral”; simultaneidad que sólo puede ofrecer el collage.

LA EXTRAÑEZA DEL ESPIRAL: el collage, el pastiche y el palimpsesto


Octavio Paz (contemporáneo de Cardenal) propuso en varios de sus textos que el poeta terminaba por trascender su tiempo porque estaba más cerca del mito que de la historia. Aunque la poesía de Cardenal respira de su tiempo, también trasciende su tiempo. Paz dice en el Arco y la lira: “Pasado susceptible de ser hoy, el mito es una realidad flotante, siempre dispuesta a encarnar y volver a ser” (p.63), y más adelante: “No todos los mitos son poemas, pero todo poema es mito. Como en el mito, en el poema el tiempo cotidiano sufre una transmutación: deja de ser sucesión homogénea y vacía para convertirse en ritmo. Tragedia, epopeya, canción, el poema tiende a repetir y a recrear un instante, un hecho, un conjunto de hechos que de alguna manera resultan arquetípicos”(p.64).

Según este planteamiento, podríamos decir que Pound, Elliot, Neruda, Cardenal, entre muchos otros, han actualizado la historia con su poesía como el rito actualiza las historias míticas. Y es por esta razón que el procedimiento del collage como un experimento literario excede las propuestas poéticas del siglo XX, pues el mito, cualquiera que sea su procedencia, ha sido siempre un collage, una superposición de relatos anteriores que quien acepta la tarea de narrarlos, emplea recursos intertextuales.

En el pasado precolombino, así como en los textos coloniales fue común este “tropos” de la yuxtaposición: Guamán Poma de Ayala, por ejemplo, mezcla el aimara, el quechua, el castellano y el latín en una extensa carta para el Rey Felipe II en la que aúna la historia bíblica con las mitologías de los andes. Dice Don Felipe Guaman Poma de Ayala en la primera parte de la Nueva Coronica y Buen Gobierno, a propósito de la Quinta Edad del Mundo, después de haber enumerado todos los emperadores griegos y romanos hasta Julio Zezar monarca:

En este tiempo, nació el Salvador nuestro señor Jesucristo. En este tiempo de las Yndias desde el primer Ynga Mango Capac rreynó y comensó governar sólo la ciudad del Cuzco. Primero se llamaba la ciudad Aca Mama, cin que pasava a nengun pueblo. Y murió y dejó a su hijo lexítimo llamado Cinche Roca Ynga. Reynó el Cuzco hasta el Collao y Potosí y conquistó todos los yndios orexones y collas, quispi llacta, cana, canche, condes.
Desde la edad que fue este dicho Ynga Cinche Roca, que tenía ochenta años, nació Jesucristo en Belén.
(1988, p.25)


La multiculturalidad del Tawantinsuyu asombra, así como la lucidez de Guamán Poma para visualizar varias culturas a la vez. Como Guamán Poma tejiendo el archivo judeocristiano con la memoria de los quipus, la poesía de Cardenal – como ha anotado Iván Carrasco a propósito del Canto Cósmico (1989)- maneja “una variedad enorme de fuentes documentales, expuestas en formas de citas, intertextos, paráfrasis, glosas, traducciones, al mismo tiempo que una amplia variedad de tipos de discurso: científicos literarios, religiosos, ecológicos, coloquiales, históricos, místicos, autorreflexivos, intertextuales” (2002).

Pero Guamán Poma no fue el único en emplear el collage en el siglo XVI y XVII. En el valle de México convivieron durante siglos diversas culturas con pasados disímiles, por eso Moctezuma I (Azteca) conocía la historia del sacerdote Quetzalcoatl y del esplendor de Tula y los toltecas. En el área mesoamericana del periodo posclásico, cada pueblo o región tenía sus cultos primordiales, sus opiniones sobre el sacrificio, sus preferencias rituales y sus especialidades manufactureras.

Pero es en la colonia que este “palimpsesto” de culturas, encuentra su máxima síntesis en el discurso de los informantes de Fray Bernardino de Sahagún, quienes en la Historia general de las cosas de la Nueva España, reconocen en Cortés el retorno de Quetzalcoatl (2003). Si en esencia el tiempo se repite para el mundo mesoamericano, a pesar de los trajes con que se viste cada época, la humanidad conserva sus angustias, sus esperas y sus búsquedas. El lenguaje y los acontecimientos han ido cambiando, pero el eje continúa intacto. El collage en Los ovnis de oro parece seguir este orden de ideas: no es que el pasado se parezca a nosotros, sino que nosotros (casi sin darnos cuenta…) repetimos el pasado.

Adicional a esta especialísima forma de comprender el collage, se debe resaltar la clara intención de Cardenal por desacralizar el pasado a través del tono coloquial, antipoético, conversacional, humorístico que asume el sujeto poético, más allá del respeto por las figuras emblemáticas de la historia precolombina o de la historia de Nicaragua o Latinoamérica. En este sentido, formalmente es decisivo el uso constante de guiones, expresiones ambiguas y palabras compuestas entre términos indígenas y contemporáneos, con lo cual Cardenal quiebra el discurso de cada época. Expresiones como los ismos mayas (p.86), el skyline de Tikal (p.87), los Ceremonial Centers (p.87), el base-ball sagrado, la familia Cocom-Somoza (p.90), el color pop-corn son ejemplos de esta simultaneidad.

El montaje, el pastiche, el collage, el palimpsesto son, en resumidas cuentas, encrucijadas de tiempo y de espacio que le sirven a Cardenal para atrapar en el poema todas las historias de América, tanto las amerindias como las coloniales. No obstante, el desplazamiento semántico que proponen estos procedimientos va más allá del círculo que se repite idéntico, pues todos estos son juegos cíclicos que, como el espiral, se repiten sobre su eje, pero al mismo tiempo avanzan o retroceden.

Helena Beristáin, por ejemplo, ha señalado en su Diccionario de retórica y poética que el pastiche es una obra original que, sin embargo, ha sido construida a partir de elementos estructurales tomados de otras obras (p. 387). Esa es la misma intención de la teoría sobre los palimpsestos que proponía Gerard Genett en los años setenta, a partir de la cual puso en cuestión nociones románticas de la literatura como el autor, la obra y la originalidad (Genett, 1989). El palimpsesto va metamorfoseándose y, sin embargo, el cuero es el mismo. En el collage y en el montaje, la simultaneidad produce en los acontecimientos y referencias que allí se presentan una ilusión de totalidad. En el pastiche, el objeto presentado aunque haya sido escrito con anterioridad, aparece como renovado por su nuevo “hábitat literario”.

Saúl Yurkiévich, en La movediza modernidad, sintetiza las consecuencias epistemológicas del collage en la obra de Cardenal: “El collage resulta así el recurso más adecuado para figurar la bullente disparidad de nuestras realidades: la coexistencia de desigualdades flagrantes, los antagonismos coetáneos, los explosivos contrastes. El collage es la combinatoria que permite simbolizar activamente la móvil y heterogénea multiplicidad de lo real” (1996, p.336). Reflexión decisiva para la comprensión de Los ovnis de oro y la actitud de Cardenal frente a la historia, pues el collage es el procedimiento ideal para capturar en una misma hoja la multiplicidad de la historia latinoamericana.

Si el espiral vuelve sobre su eje pero nunca se repite idéntico, entonces la historia no es nunca la misma, y claro, la historiografía no sabe ser objetiva, porque todo depende del tiempo en que se nombra, depende de quien la nombra, depende de la estructura en que se presentan los hechos, de las conexiones a través del tiempo, de las comparaciones y analogías entre los acontecimientos (Cruz y Brauer, 2005).

Cardenal lo sabe y América en su poesía es a veces ese espiral: los aztecas – como recuerda Todorov en La conquista de América (1998)- quemaron los códices de los toltecas que habitaban el valle de México en el siglo XIV, pues querían desaparecer el pasado y legitimar una única versión; sin embargo, los conquistadores quemaron a su vez los códices de los aztecas para instaurar un nuevo pasado.

De igual forma – como nos cuenta Rostworowski en Historia del Tawantinsuyu (1999, p.15) – el Inca reinante re-escribía la historia de su reino según sus conveniencias, su linaje, su territorio, con ayuda de los quipucamayoc. Cardenal, por su parte, en 1969 en Nicaragua, cuenta su tiempo con los aspectos del pasado que alimentan su causa en un libro múltiple, Los ovnis de oro, que sólo pretende una nueva versión. La tensión de esta empresa es que esta “nueva versión” es también una superposición de fuerzas: marxismo-cristianismo-poesía. Desde la visión maya del tiempo espiral, Cardenal nos dice en “Mayapán”:

Su astronomía religión de infinito
Y la construcción de pirámides sobre pirámides
la pirámide antigua debajo de la nueva
sobre viejas estructuras, superpuestas otras más altas
-la pirámide E-VII sub
bajo la pirámide VII del grupo E-
con miras a lo eterno:
hasta que cosechada la Milpa
y acabado el Gran Calendario
todo estuviera otra vez
en quietud silencio
solamente la inmovilidad silencio
solamente el Corazón del Cielo
Huracán su nombre
(“Mayapán”, p.94)


Porque, finalmente, es la confusión de tiempos, es el collage el que posibilita la extrañeza en Los ovnis de oro. Pirámides sobre pirámides sobre pirámides hasta llegar al centro de la tierra. Fechas sobre fechas sobre fechas hasta llegar a la nada.

Lo que nos parecía común, ahora resulta más antiguo de lo que nuestra memoria alcanza. Y viceversa: lo que parecía antiguo ahora resulta que es contemporáneo. En Los ovnis de oro las palabras de Octavio Paz toman forma: “La extrañeza es asombro ante una realidad cotidiana que de pronto se revela como lo nunca visto” (p.128). La extrañeza del espiral es el collage mismo, el palimpsesto, el pastiche, procedimientos que nos parecían novedosos y que ahora resultan caminos antiguos. En este panorama, dentro de estos juegos transhistóricos a partir de los cuales Cardenal construye su poesía, podríamos llegar a pensar las estelas, los códices o las molas como caligramas precolombinos de “ismos” anteriores:

“Ninguno aspira a recibir más de lo justo
(acerca de los mayas actuales)
porque sabe que sería a costa de otro”
y también:
“el dinero juega un papel muy insignificante
en la economía maya”
-dice Thompson
1200 – 1450 d.C.

Ésta es la
Este-
la

(“Mayapán”, p.97)




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